San Juan Bautista

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lunes, 20 de octubre de 2014

No se puede jugar con la Palabra de Dios - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 19 de Octubre de 2014

19° Domingo después de Pentecostés

Evangelio: Mt 22: 1-14

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



  Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

Sobre la beatificación de Pablo VI - Alejandro Sosa Laprida


Miles Christi, 19/10/2014.

  Pablo VI ya tiene su lugar en los altares, en la bienaventurada compañía de los « neo-santos » conciliares Juan XXIII y Juan Pablo II. El concilio y todas sus reformas están pues « canonizados » junto a ellos. Imposible de ahora en más poner en tela de juicio las doctrinas revolucionarias del ecumenismo, la colegialidad y la libertad religiosa. La Revolución, a falta de toda legitimidad fundada en la tradición, en el magisterio y en las sagradas escrituras, se canoniza a sí misma, explicando que, puesto que sus autores y continuadores son « santos », sus principios subversivos y destructores del dogma, de la fe y de la Iglesia también deben ser reconocidos como tales. Y aceptados con piadosa reverencia y sumisión filial.

  Quien así no lo hiciere, anathema sit. Quien se atreviese a poner en entredicho la vulgata masónico-humanista del « neo-santo » Giovanni Montini, sea arrojado a las tinieblas exteriores. Quien se mostrase reticente a aceptar la « santidad » de aquel que confesaba públicamente su profunda simpatía por el « humanismo laico y profano » sea considerado un energúmeno recalcitrante, un paria de la sociedad y un peligroso y detestable integrista, sin cabida en el aquelarre ecuménico conciliar ni en el « panteón de las religiones » de Asís. Es más necesario que nunca recordar las palabras exactas empleadas por Pablo VI durante la última sesión del CVII :

  « El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humana -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre. » (http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651207_epilogo-concilio_en.html - http://www.humanitas.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=2342&catid=261)

  Ese es el espíritu del concilio. Y el de Pablo VI. Ese es también -¿acaso hace falta aclararlo?- el espíritu del Anticristo, el del « hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios. » (II Tes. 2, 3-4)

  Y ese es igualmente el lenguaje del falso profeta, el de la autoridad religiosa prevaricadora, quien lo secundará y le allanará el camino en su conquista del poder mundial, tal y como lo describe San Juan en su visión escatológica:   « Después vi otra bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como un dragón.» (Ap. 13, 11)

  Por si aún quedase alguna duda de que la religión humanista, fraudulenta y desvirtuada de Pablo VI y de sus secuaces es ni más ni menos la que servirá a difundir, consolidar e imponer el nuevo orden mundial anticrístico, nada mejor que releer las palabras de encendido elogio y de admiración sin límites que Montini pronunciara en las Naciones Unidas el 4 de octubre de 1965 en la sede de ese templo masónico del mundialismo laico anticristiano: 

  « Los pueblos se vuelven a las Naciones Unidas como hacia la última esperanza de concordia y paz; nos atrevemos a traer aquí, con el nuestro, su tributo de honor y esperanza. (§3)

  El edificio que habéis construido no deberá jamás derrumbarse, sino que debe perfeccionarse y adecuarse a las exigencias de la historia del mundo. Vosotros constituís una etapa en el desarrollo de la humanidad: en lo sucesivo es imposible retroceder, hay que avanzar. (§4)

  Vosotros habéis consagrado el gran principio de que las relaciones entre los pueblos deben regularse por el derecho, la justicia, la razón, los tratados, y no por la fuerza, la arrogancia, la violencia, la guerra y ni siquiera, por el miedo o el engaño. (§4)

  Constituís un puente entre pueblos, sois una red de relaciones entre los Estados. Estaríamos tentados de decir que vuestra característica refleja en cierta medida en el orden temporal lo que nuestra Iglesia Católica quiere ser en el orden espiritual: única y universal. No se puede concebir nada más elevado, en el plano natural, para la construcción ideológica de la humanidad. (§5)

  Vuestra vocación es hacer fraternizar, no a algunos pueblos sino a todos los pueblos. ¿Difícil empresa? Sin duda alguna. Pero ésa es la empresa, tal es vuestra muy noble empresa. ¿Quién no ve la necesidad de llegar así, progresivamente, a establecer una autoridad mundial que esté en condición de actuar eficazmente en el plano jurídico y político? (§6)

  Permitid que os bendigamos, Nos, el representante de una religión que logra la salvación por la humildad de su Divino Fundador. (§7)

  Vosotros habéis cumplido, señores, y estáis cumpliendo, una gran obra: Enseñar a los hombres la paz. Las Naciones Unidas son la gran escuela donde se recibe esta educación, y estamos aquí en el aula magna de esta escuela. Todo el que toma asiento aquí se convierte en alumno y llega a ser maestro en el arte de construir la paz. Y cuando salís de esta sala, el mundo os mira como a los arquitectos, los constructores de la paz. (§9)

  Organizáis la colaboración fraternal de los pueblos. Aquí se establece un sistema de solidaridad, gracias al cual altas finalidades, en el orden de la civilización, reciben el apoyo unánime y ordenado de toda la familia de los pueblos, por el bien de todos y de cada uno. Es la mayor belleza de las Naciones Unidas, su aspecto humano más auténtico; es el ideal con que sueña la humanidad en su peregrinación a través del tiempo; es la esperanza más grande del mundo. Osaremos decir: es el reflejo del designio del Señor —designio trascendente y pleno de amor— para el progreso de la sociedad humana en la tierra, reflejo en que vemos el mensaje evangélico convertirse de celestial en terrestre. (§11)

  Lo que vosotros proclamáis aquí son los derechos y los deberes fundamentales del hombre, su dignidad y libertad y, ante todo, la libertad religiosa. Sentimos que sois los intérpretes de lo que la sabiduría humana tiene de más elevado, diríamos casi su carácter sagrado. (§12)

  ¿No es el cumplimiento, a nuestros ojos gracias a vosotros, del anuncio profético que se aplica tan bien a vuestra institución: «Y volverán sus espadas el rejas de arado, y sus lanzas en haces» (Isaías 2, 4). ¿No empleáis acaso las prodigiosas energías de la tierra y los magníficos inventos de la ciencia, no ya como instrumentos de muerte, sino como instrumentos de vida para la nueva era de la humanidad? (§13)

  Este edificio que levantáis no descansa sobre bases puramente materiales y terrestres, porque sería entonces un edificio construido sobre arena. Descansa ante todo en nuestras conciencias. Sí, ha llegado el momento de la «conversión», de la transformación personal, de la renovación interior. Debemos habituarnos a pensar en el hombre de una forma nueva. De una forma nueva también la vida en común de los hombres; de una forma nueva, finalmente, los caminos de la historia y los destinos del mundo, según la palabra de San Pablo: «Y revestir el hombre nuevo, que es creado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad» (Efesios 4, 25). » (§14)


  Este es el monumento dedicado a la memoria de Pablo VI, erigido en la plazoleta posterior del Santuario de la Santa Virgen Coronada, en Sacro Monte di Varese, con la paternidad de Monseñor Pasquale Macchi, secretario personal de Pablo VI. El monumento fue inaugurado el 24 de Mayo de 1986, con la presencia del Ministro de Relaciones Exteriores, Giulio Andreotti, y bendecido por el Cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado del Vaticano:

  La estatua, realizada por el escultor masón Floriano Bodini, fue encargada por el masón Pasquale Macchi. Está cargada de signos masónicos. Fue inaugurada el 24 de mayo de 1986 por el Ministro de Relaciones Exteriores de Italia, el masón Giulio Andreotti, junto al Secretario de Estado vaticano, el masón Agostino Casaroli.


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Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 19 de octubre de 2014

"Lo que tengas que hacer, hazlo pronto" - ¨Por Antonio Caponnetto



Significado de la traición

  Reunidos en el Cenáculo, Jesús y los apóstoles cenan por última vez, celebrando la postrimera Pascua con el Señor de los Cielos en la tierra.

  Escena conocida si las hay, y plasmada en palabras o en lienzos, en frisos y en poemas por los grandes artistas de signo cristiano.

  Paradojas del existir en el Evangelio: aunque el centro de aquella reunión era el gozo eucarístico, San Juan nos cuenta que “Jesús se entristeció en el espíritu y protestó exclamando: ‘en verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me traicionará’” (Juan.XIII,21-30).

  ¿Cómo se explicaba aquella tristeza inefable de Dios? Varias respuestas caben. Desde la de San Agustín que, frente el gesto humano y legítimo de la pena divina, vio rodar por el piso los argumentos estoicos sobre la inmutabilidad del sabio, hasta la de Chesterton que sostuvo que -excepto la risa y por ser tan grande, reservada entonces a los tiempos parusíacos- el
Redentor no ocultó ninguno de los sentimientos que brotaban de su naturaleza humana.

  La mejor respuesta, sin embargo, nos sigue pareciendo la de San Juan Crisóstomo.

  “Cuando una causa urgente –escribe- obliga a separar, antes de recogerse la mies, a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la Iglesia se entristezca”.

  Hay una pena inmensa en la Iglesia cada vez que los hermanos que la integran caen en falsía, perjurio o deslealtad manifiesta. ¿Cómo no ha de tener esa pena la insondabilidad de un pozo sin fondo visible, cuando entre los hermanos felones se cuentan muchos de los herederos de los apóstoles y el mismísimo sucesor de Pedro?

  Pero sigue distinguiendo el Crisóstomo. El quebranto de Jesús no lo sufrió en la carne cuanto en el alma y antes en el alma que en la osamenta.

  Porque en tamaña ocasión de escándalo, como lo es la evidencia de la traición, el Señor se turba por la caridad no por el remordimiento. Por la caridad hacia el buen trigo entreverado con la cizaña, y corriendo el riesgo de verse arrancado con aquella. El Señor se turba por su propia voluntad misericordiosa, no por debilidad. Nadie lo obliga a afligirse –que nadie tiene imperio sobre Él-; su aflicción es voluntaria y consoladora, para cargar sobre sí las debilidades de quienes no pueden sobrellevar tamaña artería y vileza manifiesta.

  Es la Revelación de la Tristeza, que nos cantara José María Fernández Unsain:

“Mira cómo lo adorna la divina
tristeza con que luce su belleza…
Mira, Señor, ya baja la neblina,
ya muere, ya nos hiere la tristeza”

  No queremos ocultar nuestra tribulación ante esta Iglesia traicionada por quien debiendo comportarse como el Vicario del Esposo, emula al oscuro desertor de Keriot. Y no trepida en contemporizar desde Roma con los cultores de las costumbres nefandas o del vicio contra natura. Los mismos que provocaron el derrumbe justiciero de aquellas ciudades edificadas sobre el Valle de Sidim, cuando el Dios de los Ejércitos estalló en justificada cólera.

  Sólo queremos pedir que nuestra compunción halle sostén en la de Cristo, que para eso nos la ofreció. Que nuestras lágrimas sean un coágulo de cielo en las pupilas, al buen decir de Anzoátegui; asociadas a Aquél que tuvo que llorar ante los muros del lugar sagrado.

  Sólo queremos recordar, en suma, que hasta la traición ocupa su lugar en la Pedagogía Divina, y por eso está prevista en las Escrituras, como cuando David se angustia por la deslealtad de Aquitófel, y el salmo canta: “el que come el pan conmigo, levantará contra mi su calcañar”(Sal. 40, 10).

  David es el tipo de Jesús, Aquitófel el de Judas. Los dos traidores, los dos dándose muerte por su propia mano. Pero ante sendos casos –acíbar duro de ingerir y hasta de oler- es la invocada Pedagogía Divina la que resuelve el drama. Así lo juzga el Cardenal Gomá: “Desde ahora os lo digo, antes de que acontezca; a fin de que viéndole víctima de la traición villana, no le tengan por imprevisor a Dios y disminuya su fe; antes, por el contrario, el cumplimiento de la profecía sea un motivo más de credibilidad para ellos. Para que cuando aconteciere, creáis que Yo Soy”.

  El cumplimiento de las Profecías: el Pastor Insensato, la Fiera de la Tierra, el Preludiador de la Bestia, el Propagandista del Anticristo, la Iglesia de Laodicea. Nada de esto nos quita la Fe ni la Esperanza. Nos la confirman; y anticipan la Felicidad tras la última batalla, que ya es difícil y cruenta, y lo será todavía más.


El vértigo del traidor

  Volvamos a la escena del Cenáculo. Todavía falta un desenlace más conmovedor y más tenso del que ya mentamos.

  Señalado el traidor por su nombre, Jesús le dice: “Lo que tengas que hacer, hazlo pronto”.

  También estas perícopas han dado lugar a reflexiones concurrentes.
   
  Orígenes se pregunta si no eran palabras dirigidas antes al demonio, que ya había entrado en el Iscariote, que al Iscariote mismo. Puede ser. Pero San Agustín en esto, parece sacarnos más provecho con sus comentarios.

  El Señor, por lo pronto, está provocando al adversario a la lucha: No te quedes quieto. Sigue cuanto antes con tu maldito propósito. Yo sé bien cuál es mío y lo cumpliré acabadamente.

  El fruto de ese “hacer pronto” lo inicuo que planeaba era la misma redención, “lo que no quería se retardase ni evitarse, sino que se apresurase cuanto fuera posible”, prosigue Agustín. La prontitud pedida al felón no es para cooperar con su malicia, ni siquiera para precipitar la caída del pérfido, al que tantas veces había invitado a recapacitar. Sino teniendo en cuenta ante todo la salud de los fieles, la salvación de los leales.

  Hazlo presto equivale a decir que no se teme a lo que sobrevendrá tras la traición aborrecible. El Redentor vigila, aguarda; oblativamente espera el desenlace.

  Hazlo presto, comenta Straubinger,es la misma urgencia salvífica ya puesta de manifiesto cuando le dice a los suyos: “un bautismo tengo para bautizarme,¡y cómo estoy en angustias hasta que sea cumplido!”(Ls. 12,50).

  Entonces –y aquí llegamos- aterra en principio que quien ocupa hoy la silla petrina parezca ir tan presuroso por el derrotero de la deslealtad a Jesucristo. Y que para andar por tan espinoso sendero, no sólo no reciba plata judaica, sino que sea él quien les pague a los deicidas. Con concesiones doctrinales inauditas, por un lado, que ya habían hecho sus predecesores inmediatos; y con dinero abultado, por otro. Como sucedió en los primeros días de octubre del 2014 con la entrega de cien mil euros a la Fundación Auschwitz-Birkenau, que no es precisamente una de las periferias existenciales, sino de las más abigarradas usinas de la “industria del holocausto” que oportunamente desenmascarara Norman Finkelstein. El Iscariotismo moderno tiene aún este agravante sobre el antiguo: que paga para traicionar, y ningún Campo de Aceldama parece aguardar al contrito.

  Este hazlo presto que vemos desplegarse ante nuestros ojos, entre indignados y dolientes, debe ser sobrenaturalmente vivido. Mi vida, nadie la toma, quiere decirnos el Señor. Soy Yo quien la ofrece y la inmola gratuitamente. No te detengas. Pero sábelo Iscariote; y que lo sepan contigo tus aquiescentes mitrados y purpurados, que cuanto antes obres la iniquidad, antes completaré la batalla redentora.

  Dios nos permita la gracia de no quedarnos dormidos mientras sigan arreciando los aires desventurados de la conjura.


Era y es de noche

  El texto joánico que estamos glosando -capítulo trece, versículos veintiuno a treinta- termina retratándonos a Judas que, una vez identificado como vil por el mismo Salvador, huye del Cenáculo a cumplir su cruento cometido. Y acota el fragmento, no sin hondo simbolismo: “y era de noche”.

  “La noche sensible –escribió al respecto San Gregorio- es la imagen de la confusa noche que había invadido el alma de Judas. Por la cualidad del tiempo se expresa el fin de la acción. Judas, que no había de implorar el perdón, aprovecha la noche para la perfidia”.

  El Iscariotismo es hijo de la sombra y alimento amarescente que se cuece en las tinieblas. La sinonimia noche traición es un tópico cargado de razones. Excepto “la Noche Amable más que la alborada”, que no se hace patente, por desdicha, en la presente negritud o lobreguez que nos llega de Roma.

  No debe subestimarse ni omitirse esta explosión de Iscariotismo en la
Barca, que aunque ya se había manifestado otrora, estalla de manera rotunda con la llegada del Cardenal Bergoglio.

  “Judas es el prototipo del traidor” –escribió Alberto Caturelli en La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy- ; es decir, de aquel que quebranta, viola y en cierto modo invierte lo que debe cuidar y trasmitir”. La raíz etimológica de traición es la misma que la de palabra tradición; y paradójicamente y por contraste “significa también lo opuesto: no cuidar, no trasmitir fielmente, quebrar la lealtad o fidelidad al depósito recibido […]. A esta infidelidad radical –aunque guarde astutamente todas las apariencias de la fidelidad- llamo Iscariotismo, porque tiene su modelo en Judas Iscariote”.

  El Iscariote de todos los tiempos y de este tiempo, predica un Anti Verbo, de ese que no custodian los ángeles pero resulta gratísimo a los oídos del mundo, y en plena conformidad con sus crepusculares anhelos. No quiere palabras limpias ni verdades recias ni mucho menos confrontaciones con el siglo o contradicciones con las mayorías. No se nutre de los maestros de la Fe Sapiente sino del discurso estulto de los hábiles; y llama teología de rodillas a la que se labra en estado de genuflexión frente al Maligno.

  El Iscariote somete a discusión lo indiscutible, cuestiona hasta las verdades inconcusas, ultraja el sentido común, mediatiza el idioma unívoco de lo obvio. La contranatura puede encontrarlo aquiescente, el adulterio presto a una convalidación gradual, la sodomía se torna pasible de bienvenidas eclesiales, el corrupto goza de una hospitalidad especial y repetida, las mujerucas rencorosas e hipócritas se sientan a su mesa, no para recibir severas y afables reconvenciones sino para intercambiar ofrendas.

  La familia, para el Iscariote, ha dejado de ser sólo la unión ante Dios, de uno con una y para siempre; varón y mujer abiertos a la vida y vasallos del Ordo Amoris. Puede seguir siendo eso, claro; pero también otra cosa y antagónica, invocando una misericordia sin justicia, una flexibilidad sin el límite del Decálogo, y un concepto de Iglesia que recibe a todos, como si fuera una playa nudista, sin el mínimo requisito de la pudicia o del respeto a sus códigos bimilenarios. Si abro las puertas del hospital de campaña es para sanar a los heridos, y por caridad hacia sus cicatrices. No para convalidar sus purulencias o para hacer pasar por cuerpo sano la gangrena que lo carcome.

  San Clemente de Alejandría lo supo explicar mejor en El Pedagogo, cuando remitiéndose al Libro del Éxodo (34,16), sostiene: “Vendaré la perniquebrada y curaré la enferma, traeré la extraviada y la apacentaré en mi santa montaña”. No dice que la pierna enferma y rota permite caminar del mismo modo que camina aquel con sus piernas sanas.

  Reconocerán los discursos de Judas porque no contienen voces de vida eterna. Como no las contuvieron cuando el Evangelio registra su primera confrontación con el Señor, en suelo de Betania. El Iscariote reprende a la mujer que derrama “ungüento puro de gran precio” sobre los pies divinos, para enjugarlos después con sus cabellos (Juan 12,3). Invoca a los pobres, pero piensa en la bolsa. Tal vez era el perfume de príncipes lo que más lo alteraba. Su olfato plebeyo estaba hecho para el corral, la cochiquera o la boyeriza.

  Es notable que Santo Tomás, comentando el Evangelio de San Mateo, que registra el ominoso arreglo entre Judas y la Sinagoga para entregarles al Señor, observa que el precio inicial convenido era el de aquel ungüento de nardos que no había podido impedir que se “malgastase” como tributo al Unigénito. Pero al final, cierra el tráfico más inicuo de los siglos con un “Dadme lo que queráis” (Mt. 26,15).

  ¿Hay una Iglesia de Judas?, se preguntó hacia 1970, Bernard Faÿ, cuando el estado de descomposición se hacía evidente.

  Se respondió en un libro homónimo, L’Eglise de Judas, diciendo que sí, aunque sin faltar a la caridad ni a la esperanza. Lo peor, sostenía entonces, es que los Iscariotes ponen cuidado “en mantenerse en la Barca de la Iglesia, en aferrarse a ella aún cuando la profanen, en no descuidar ningún esfuerzo, ningún ardid, ninguna mentira para que los hombres y el clamor falaz de los periódicos les declaren todavía miembros y parte inherente de esta Iglesia, que ellos tienden a arrastrar con ellos en su reniego, de manera que sea consumada la obra de Judas, y que pueda abandonarse, completamente, a las fuerzas del mal, el cuerpo terreno del Cristo profanado”.

  Sí; era de noche cuando el indigno abandonó el Cenáculo sin comulgar.

  Sigue pesándonos esa tiniebla y esa fuga. Aterradora vigencia del misterio de iniquidad. Y sin embargo o por lo mismo, en tales circunstancias, la consigna del Señor es que no tengamos miedo. Mucho más marcial todavía: “erguíos y levantad la cabeza porque se acerca vuestra redención” (Lucas 21, 28).

  Nos es imposible imaginarnos la escena sin pensar sensiblemente en la procesión del Cristo de la Buena Muerte, que llevan a pulso, reciamente, los herederos de Millan Astray, en los hondones de la España Eterna.

 
Lo que es católico hacer

  Arribados a este punto -con la congoja propia del hijo ante el padre amado a quien se ve perder la vertical y el quicio- sobrevienen las preguntas, que son múltiples, como múltiples también sus procedencias.

  Se cuentan por racimos, y cada vez mayores y de pesares más inconsolables, las familias lastimadas, divididas y perplejas por el actual magisterio, que no cesa de traicionar la Verdad, el Bien y la Belleza. Padres que no saben qué decirles a sus hijos, cuando constatan la inverecuncia y la heterodoxia en Roma. Hijos ya grandes y bien formados, que no saben cómo sosegar a los ancianos, atónitos ante cada dislate diario que se propala desde Santa Marta.

  Es extraño que tamaña desolación coincida con la convocatoria de un largo Sínodo dedicado a la Familia; y que durante el mismo –por expresa permisión de Francisco y de sus kasperianos socios- se esté disponible para resguardar el derecho de los fornicarios, o los “dones” de los invertidos, o los propiciadores de de la perspectiva del género, pero no se atienda al deber de llevar al seno de los hogares católicos el perpetuo sí, sí; no, no que los sustraería de tantas reyertas y les restituiría la paz de saber que la Iglesia ha sido, es y seguirá siendo semper idem.

  Somos simples laicos bautizados, sin respuestas para todos los interrogantes. Mucho menos para quienes interrogan con arrogancia, soberbia y anónima cuanto cobarde malicia.

  Somos meros sarmientos de la Vid,que si algún mérito tenemos es el de haber advertido, casi en soledad y varios años antes de que el gran mal sucediera, quién era el hombre particularmente dañino y dable a las herejías al que finalmente eligieron para ocupar la Silla de Pedro. Pero no somos el Cónclave, ni el Paráclito, ni los redactores, aplicadores o intérpretes autorizados de la Bula Cum ex apostolatus officio del Papa Paulo IV. No tenemos potestad jurídica ni sacramental para decir más de lo que decimos, y así fuera constatable la tesis de Antonio Socchi, en su inquietante Non é Francesco, a nosotros nos toca rogar para que el Espíritu Santo convierta a los desencaminados o ubique a los desubicados.

  Frente a la dura encrucijada apenas si podemos recordar, para nuestra seguridad, consuelo y esperanza, lo que es católico hacer:

  - Es católico saber que la infalibilidad ex cathedra no supone impecabilidad de conductas ni de enseñanzas pontificias personales; ni siquiera de enseñanzas religiosas o morales. Ergo, si desde el sitial de Pedro se enseñara el error; si se heretizan proposiciones intangibles o se debilita la inconmovilidad de la Fe y de las costumbres, hay obligación de protestarlo, de confrontarlo y de suspender la ligazón de la obediencia. Porque nunca es  legítimo seguir al que me lleva al error. El súbdito, en estos hirientes casos, está facultado a resistir con fundamento, respeto, responsabilidad y seriedad.

  - Es católico ilustrarse con la historia de la Iglesia y con las consideraciones de teólogos santos que han alcanzado los altares. No sólo para que la crónica de las tempestades nos ratifique en la certeza de la ininundabilidad de la Barca, sino para constatar que, a muchos de esos teólogos, no causaba escándalo alguno afirmar lo que afirmamos. El admirado Medioevo conoció un florilegio de esos doctos varones de sapiencialiedad teológica, a quienes nunca se les hubiera ocurrido la desviación papolátrica moderna, construyendo el dogma peligroso y absurdo de la omni-inerrancia de todo pontífice y de toda palabra suya.

  - Es católico saber que “el humo de Satán ha entrado en el templo de Dios”, constituye sentencia proferida por un Papa. Por quien le siguió esta otra, igualmente grave, según la cual, la Iglesia está “cercada por propias e internas herejías”. De su siguiente sucesor es el lamento rotundo: “Señor, en tu Iglesia, parece que la cizaña prevalece sobre el trigo”. Y hasta es apotegma de Francisco, salido de su boca el 10 de marzo del 2014, que “con Satanás no se puede dialogar”; lección redonda que debería aplicarse a sí mismo y a sus actos. Y que si vemos incumplida ostensiblemente, nos autoriza a la admonición y al grito desde los tejados.

  - Es católico lo que hizo el Dante, al suponer que un par de Papas podían estar merecidamene en el Infierno, a causa de sus pecados y deberes incumplidos. Siendo Paulo VI, en 1965, cuando termina el Concilio Vaticano II, el que regaló a cada uno de los padres conciliares una espléndida edición de La Divina Comedia, amén de ensalzar al preclaro poeta con su diáfano documento Altissimi Cantus.

  - Es católico saber que la Iglesia admite varias semejanzas, y que no cierra sus puertas. Pero entre las semejanzas que eligió Su Divino Fundador, está precisamente la de la puerta estrecha, a la que es preciso esforzarse mucho por ingresar, porque “una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis afuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y os responderá: No sé de dónde sois” (Lucas 13, 24).

  En uno de los textos patrológicos más cargados de símbolos, el Pastor de Hermas compara a la Iglesia con un gran sauce mimbrero, cuyas ramas son muy resistentes, porque aún cuando arrancadas del árbol madre, parecen secas, vuelven a brotar si se las planta en el suelo y se las mantiene húmedas. Sólo brotan y reverdecen bajo estas condiciones y requisitos. No porque sí.

  Dios no es un cantor de tangos, enseñaba el Padre Castellani. De esos que, en un arranque de melancolía sensiblera, le dicen a la antigua barragana o al amigote desleal: “está bien; ya que volviste, pasá nomás”. No. Dios es un padre exigente, justísimo y sopesador infalible de premios y de castigos, con la mano de azúcar de su misericordia y la de hiel de su rigor. Por eso, puede arrogarse la decisión de decir “No; no entrarás esta noche. La puerta se ha cerrado para ti”. Eso sí, agrega Castellani. Cuando eso ocurre, Dios no se alegra y puede oírsele cantar esta coplilla gitana:

Algún día has de llamar
y no te abriré la puerta
y me sentirás llorar…

  - Es católico lo que dice el Catecismo de la Iglesia, en su párrafo 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15, 19-20) desvelará el ‘misterio de iniquidad’ bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)”.

  ¿Por qué callar entonces ante la impostura religiosa? ¿Por qué simularla, omitirla, desterrarla de nuestras homilías, de nuestras conferencias o simples conversaciones? ¿Por qué fingir una hermenéutica de la continuidad si la ruptura se ha hecho patente, atravesándonos el costado como un lanzón artero?

  - Es católico lo que predicó el ilustre benedictino Dom Prosper Guéranger: “Cuando el pastor se muda en lobo, toca desde luego al rebaño el defenderse. Por regla, la doctrina desciende de los obispos al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes en su fe. Mas hay en el tesoro de la revelación ciertos puntos esenciales de los que, todo cristiano, por el hecho mismo de llevar tal título, tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos. El principio no cambia, ya se trate de ciencia o de conducta, de moral o de dogma. Traiciones semejantes a la de Nestorio, son raras en la Iglesia; pero puede suceder que los pastores permanezcan en silencio, por tal o tal causa, en ciertas circunstancias en que la religión se vería comprometida.

  Los verdaderos fieles son aquellos hombres que, en tales ocasiones, sacan de su solo bautismo, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que bajo pretexto engañoso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para correr contra el enemigo u oponerse a sus proyectos, un programa que no es necesario y que no se les debe dar”.

  -Es católico hacer penitencia, ofrecer sacrificios y pedir perdón por los pecados propios; y pedirlo incluso por aquellos que los cometen teniendo las mayores responsabilidades en la práctica de la vida virtuosa.

  Sí, Señor; te pedimos perdón por el mal ejemplo que da la mayoría de nuestros pastores, cuando decide estar, servilmente, en comunión de errores y de pusilanimidades con el Obispo de Roma. Los enemigos de la Iglesia encuentran en tamañas inconductas motivos de envalentonamiento para multiplicar su contumaz actitud blasfema y sacrílega. Lo vemos en la patria, y lo vemos en el resto de las naciones. Duele, Señor, tanta ofensa. Perdónanos.

  - Es católico, a la par, dar gracias por los pastores fieles. Especialmente por aquellos, que con motivo del Sínodo sobre la Familia, han defendido el honor del hogar católico, acechado por la marejada ruin de hipótesis heréticas y de proposiciones abisales. Y que por tan gallarda defensa han sido menoscabados, marginados o destratados por la máxima autoridad eclesial.

  -Es católico rezar y eso hacemos. A San Pedro, de la mano segura de Francisco Luis Bernárdez:

Ya que en la piedra inmortal de tu nombre
quiso el Señor afirmar nuestra vida
y edificar con su mano escondida
la verdadera morada del hombre;

Ya que tan sólo las llaves seguras
que Jesucristo te puso en las manos
pueden abrir a los seres humanos
la bendición de las puertas más puras;

Ya que tu barca es el único leño
que en el naufragio de todas las cosas
flota feliz en las aguas furiosas
para salvar a las almas sin dueño;

Ya que en las olas que el mundo levanta
sobre el dolor de la humana conciencia
sólo es posible esperar con paciencia
en la virtud de tu red sacrosanta;

Pídele a Dios que nos dé con tu llanto
la contrición con que hollaste a la muerte,
antes que el gallo final nos despierte
con el reproche sin fin de su canto;

Que con tu fe que ante nadie se arredra
nos asegure en la tierra cambiante
para que nuestra virtud se levante
con la firmeza de un muro de piedra;

Que nos dispute al abismo del mundo
con el afán de tu red milagrosa
y que en la paz de tu barca gloriosa
tenga lugar nuestro amor vagabundo;

Que nos infunda tu inmensa esperanza
y tu confianza robusta y sencilla
para buscar en tu barca la orilla
que solamente a su bordo se alcanza;
Y que tu barca segura y certera

siga en la noche el mejor derrotero
para llegar por el mar traicionero
a la ribera en que Dios nos espera.


Antonio Caponnetto



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


Resistir a la tendencia herética - Roberto de Mattei


La relatio de Erdö borra de golpe el pecado y la ley natural


  Borrado el sentido del pecado; abolidas las nociones de bien y de mal; suprimida la ley natural; archivada toda referencia positiva a los valores, como la virginidad y la castidad. Con la relación presentada por el Cardenal Péter Erdö el 13 de octubre de 2014 en el Sínodo sobre la familia, la revolución sexual irrumpe oficialmente en la Iglesia, con consecuencias devastadoras en las almas y en la sociedad.

  La Relatio post disceptationem redactada por el Cardenal Erdö es la relación que resume la primera semana de trabajo del Sínodo y la que lo orienta con sus conclusiones. La primera parte del documento intenta imponer, con un lenguaje derivado del peor “sesenta y ocho”, el “cambio antropológico-cultural” de la sociedad como “desafío” para la Iglesia. Ante un cuadro que desde la poligamia y del “matrimonio por etapas” africanos llega a la “praxis de la convivencia” de la sociedad occidental, la relación destaca la existencia de “un difundido deseo de familia”. No hay ningún elemento de valoración moral. Frente a la amenaza del individualismo y del egoísmo individualista, el texto contrapone el aspecto positivo de la “intención relacional”, considerada como un bien en sí misma, sobre todo cuando tiende a transformarse en una relación estable (apartados 9-10).

  La Iglesia renuncia a emitir juicios de valor para limitarse a “decir una palabra de esperanza y de sentido” (n.º 11). Se afirma entonces un nuevo asombroso principio moral, la “ley de gradualidad”, que permite captar elementos positivos en todas las situaciones hasta ahora definidas por la Iglesia como pecaminosas. El mal y el pecado no existen en cuanto tales. Existen sólo “formas imperfectas de bien” (n.º 18), según una doctrina de los “grados de comunión” atribuida al Concilio Vaticano II. “Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar, compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales.” (n.º 20).

  El problema de los divorciados vueltos a casar es el pretexto para que pase un principio que echa por tierra dos mil años de moral y de fe católica. Siguiendo la Constitución Pastoral Gaudium et Spesla Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas” (n.º 20). Esto significa que cae todo tipo de condena moral, porque cualquier pecado constituye una forma imperfecta de bien, un modo incompleto de participar en la vida de la Iglesia. “En este sentido, una nueva dimensión de la pastoral familiar actual, consiste en captar la realidad de los matrimonios civiles y, hechas las debidas diferencias, también de las convivencias” (n.º 22).

  Y esto especialmente “cuando la unión alcanza una notable estabilidad a través de un vínculo público, está marcada por un afecto profundo, por una responsabilidad en relación a los hijos, con la capacidad de resistir a las pruebas” (n.º 22). Con esta afirmación se da la vuelta a la doctrina de la Iglesia según la cual la estabilización del pecado, a través del matrimonio civil, constituye un pecado aún más grave que la unión sexual ocasional y pasajera, porque esta última permite volver más fácilmente a la recta vía. “Una sensibilidad nueva de la pastoral actual, consiste en acoger la realidad positiva de los matrimonios civiles y, reconociendo las debidas diferencias entre las convivencias” (n.º 36).

  La nueva pastoral impone por tanto no hablar sobre el mal, renunciando a la conversión del pecador y aceptando el statu quo como irreversible. Éstas son las que la relación llama “opciones pastorales valientes” (n.º 40). Por lo que parece, la valentía no está en oponerse al mal, sino en el adecuarse a él. Los pasajes dedicados a la acogida de las personas homosexuales son los que han resultado más escandalosos, pero son la lógica consecuencia de los principios expuestos hasta ahora. Incluso el hombre de la calle comprende que si el divorciado vuelto a casar puede acercarse a los sacramentos, todos está permitido, empezando por el pseudo-matrimonio homosexual.

  Nunca, verdaderamente nunca, subraya Marco Politi en “il Fatto” del 14 de octubre, habíamos leído, en un documento oficial producido por la jerarquía eclesiástica, una frase como ésta: “Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana”. Seguida por la pregunta dirigida a los obispos de todo el mundo: “¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades?” (n.º 50). Aunque no se llegue a equiparar las uniones entre personas del mismo sexo con el matrimonio entre un hombre y una mujer, la Iglesia se propone “elaborar caminos realísticos de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual” (n.º 51). “Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas”(n.º 52).

  No se manifiesta ninguna objeción de principio a las adopciones de niños por parte de parejas homosexuales: el documento se limita a decir que la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo, reiterando que en primer lugar se deben poner siempre las exigencias y derechos de los pequeños” (n.º 52). En la rueda de prensa de presentación, Mons. Bruno Forte ha llegado a desear “una codificación de derechos que puedan ser garantizados a las personas que viven en uniones homosexuales”.

  La palabras fulminantes de San Pablo, según el cual “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (I Carta a los Corintios 6, 9), pierden sentido para los malabaristas de la nueva moral pansexual. Para ellos hay que captar la realidad positiva de lo que fue el pecado que clama venganza ante la presencia de Dios (Catecismo de San Pío X). Es necesario sustituir la “moral de la prohibición” con la de la misericordia y del diálogo, y el eslogan del 68 “prohibido prohibir” es “aggiornato” gracias a la fórmula pastoral según la cual “nada se puede condenar”.

  Caen no sólo dos mandamientos, el sexto y el noveno, que prohíben pensamientos y actos impuros fuera del matrimonio, sino que además desaparece la idea de un orden natural y divino objetivo resumido en el Decálogo. No existen actos intrínsecamente ilícitos, verdad y valores morales por los que se debe estar dispuestos incluso a dar la vida (n.º 51 y n.º 94), como los definen la encíclica Veritatis Splendor. En el banquillo de los acusados están no sólo la Veritatis Splendor y los recientes pronunciamientos de la Congregación para la Doctrina de la Fe en materia de moral sexual, sino además el mismo Concilio de Trento que formuló dogmáticamente la naturaleza de los siete sacramentos, empezando por la Eucaristía y el Matrimonio.

  Todo comienza en octubre de 2013, cuando el Papa Francisco, tras haber anunciado la convocación de dos Sínodos sobre la familia, el ordinario y el extraordinario, promueve un “Cuestionario” dirigido a los obispos de todo el mundo. La utilización mistificadora de sondeos y cuestionarios es notoria. La opinión pública cree que, dado que la mayor parte de las personas opta por una elección, ésta tiene que ser justa. Y los sondeos atribuyen a la mayor parte de las personas opiniones anteriormente predeterminadas por los manipuladores del consenso. El cuestionario querido por el Papa Francisco ha abordado los temas más candentes, desde la contracepción a la comunión a los divorciados, de las parejas de hecho a los matrimonios entre homosexuales, con un objetivo más orientativo que informativo.

  La primera respuesta publicada, el 3 de febrero, fue la de la Conferencia Episcopal alemana (“Il Regno Documenti”, 5 (2014), pp. 162-172) dada a conocer evidentemente para condicionar la preparación del Sínodo y, sobre todo, para ofrecer al Cardenal Kasper la base sociológica que precisaba para la relación al Consistorio que el Papa Francisco le había confiado. En efecto, lo que emergía era el rechazo de parte de los católicos alemanes “de las afirmaciones de la Iglesia sobre las relaciones sexuales prematrimoniales, la homosexualidad, los divorciados vueltos a casar y el control de la natalidad” (p. 163). “ Las respuestas que las diócesis han enviado —continuaba el texto—dejan entrever cuánto es grande la distancia entre los bautizados y la doctrina oficial sobre todo en lo que concierne la convivencia prematrimonial, el control de la natalidad y la homosexualidad” (p. 172).

  Esta distancia no se presentaba como un alejamiento de los católicos del Magisterio de la Iglesia, sino como una incapacidad de la Iglesia para comprender y secundar el curso de los tiempos. En su relación al Consistorio del 20 de febrero, el Cardenal Kasper definirá tal distancia un “abismo”, que la Iglesia tendría que haber colmado adecuándose a la praxis de la inmoralidad.

  Según uno de los secuaces de Kasper, el sacerdote genovés Giovanni Cereti, conocido por un estudio tendencioso sobre el divorcio en la iglesia primitiva, el cuestionario habría sido promovido por el Papa Francisco para evitar que el debate se desarrollara “en habitaciones secretas” (“Il Regno-Attualità” 6 (3014), p. 158). Pero, si es verdad que el Papa ha querido que el debate se desarrollase de manera transparente, entonces no se comprende la decisión de mantener tanto el Consistorio extraordinario de febrero como el Sínodo de octubre a puertas cerradas. El único texto que se llegó a conocer, gracias al periódico “Il Foglio”, fue la relación del cardenal Kasper. Luego, sobre los trabajos, bajó el silencio.

  En su Diario del Concilio, el 10 de noviembre de 1962, el Padre Chenu anota esta frase de Don Giuseppe Dossetti, uno de los principales estrategas del frente progresista: “La batalla eficaz se juega en el procedimiento. Siempre he ganado por esta vía”. En las asambleas, el proceso decisorio no pertenece a la mayoría, sino a una minoría que controla el procedimiento. La democracia no existe en la sociedad política y menos aún en la religiosa. La democracia en la Iglesia, como ha observado el filósofo Marcel De Corte, es cesarismo eclesiástico, el peor de todos los regímenes. En el actual proceso sinodal, el clima de pesada censura que lo ha acompañado hasta hoy demuestra la existencia de este cesarismo eclesiástico.

  Los vaticanistas más atentos, como Sandro Magister y Marco Tosatti, han subrayado como, diferentemente de los Sínodos anteriores, en éste se ha prohibido a los padres sinodales intervenir. Recordando la distinción formulada por Benedicto XVI entre el Concilio Vaticano II “real” y el “virtual” que al primero se superpuso, Magister ha hablado de un “desdoblamiento entre sínodo real y sínodo virtual, este último construido por los medios de comunicación con la sistemática enfatización de las cosas más queridas por el espíritu del tiempo”. Pero hoy son los mismos textos del Sínodo los que se imponen con su fuerza demoledora, sin posibilidad de tergiversación por parte de los medios que hasta han manifestado su sorpresa por la potencia explosiva de la Relatio del Card. Erdö.

  Por supuesto que este documento no tiene ningún valor magisterial. Además es lícito dudar que refleje el pensamiento real de los padres sinodales. Pero, la Relatio prefigura la Relatio Synodi, el documento conclusivo de la asamblea de los obispos.
El verdadero problema que ahora se pone es el de la resistencia, anunciada en el libro Permanere nella Verità di Cristo (Permanecer en la Verdad de Cristo) de los cardenales Brandmüller, Burke, Caffarra, De Paolis y Müller (Cantagalli 2014 http://www.edizionicantagalli.com/cgi-bin/catalogo/index_catalogue.pl?type_simple_search=title&text_simple_search=Permanere+nella+verita%27+di+Cristo). En una entrevista con Alessandro Gnocchi publicada en “Il Foglio” del 14 de octubre, el Cardenal Burke afirma que eventuales cambiamientos de la doctrina o de la praxis de la Iglesia por parte del Papa serían inaceptables, “porque el Pontífice es el Vicario de Cristo en la tierra y por lo tanto el primer siervo de la verdad de la fe. Conociendo la enseñanza de Cristo, no veo cómo se pueda desviarse de esa enseñanza con una declaración doctrinal o con una praxis pastoral que ignoren la verdad”(http://www.riscossacristiana.it/la-fede-si-decide-ai-voti-il-cardinale-burke-contro-la-manipolazione-informativa-sul-sinodo-molto-netto-sul-resto-di-alessandro-gnocchi/).

  Los obispos y cardenales, y más aún los simples fieles, se encuentran ante un terrible drama de conciencia, más grave de aquel con el cual tuvieron que enfrentarse en el siglo XVI los mártires ingleses. En efecto, entonces se trataba de desobedecer a la suprema autoridad civil, el rey Enrique VIII, que por un divorcio abrió el cisma con la Iglesia romana, mientras que hoy día la resistencia debe oponerse a la suprema autoridad religiosa en el caso de que se desviara de la enseñanza perenne de la Iglesia.
Y quienes están llamados a desobedecer no son los católicos desobedientes o del disenso, sino justo los que más profundamente veneran la institución del Papado. Antaño, quien resistía era entregado al brazo secular, que lo condenaba a la decapitación o al descuartizamiento. El brazo secular contemporáneo aplica la lapidación moral, a través de la presión psicológica ejercida por los medios de comunicación de masas sobre la opinión pública.

  Muy a menudo, el resultado es la quiebra psicofísica de las víctimas, la crisis de identidad, la pérdida de la vocación y de la fe, a menos que no seamos capaces de ejercitar, con la ayuda de la gracia, la virtud heroica de la fortaleza. Resistir significa, en último término, reafirmar la coherencia integral de la propia vida con la Verdad inmutable de Jesucristo, dando la vuelta a la tesis de quien quisiera disolver la eternidad del Verbo en la precariedad de lo vivido.

Roberto de Mattei




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