San Juan Bautista

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miércoles, 16 de abril de 2014

La gravedad del pecado de Judas – Por San Juan Crisóstomo


 OBJECIONES A PROPÓSITO DE JUDAS Y SU PECADO

  Más dirá alguno: —Pues si estaba escrito que todo eso tenía que sufrir Cristo, ¿por qué se le acusa a Judas? En realidad, él no hizo sino cumplir lo que estaba escrito. —Más no lo hizo con esa intención, sino por malicia. Y si no miras al blanco de las acciones, aun al diablo absolverás de toda culpa.

  Pero no, no es así, no es así. Lo mismo el diablo que Judas merecen infinitos castigos, aun cuando se salvó la tierra. Porque no nos salvó la traición de Judas, sino la sabiduría de Cristo y la traza admirable de su providencia, que supo aprovechar para nuestra conveniencia las maldades de los otros. — ¿Pues qué? —dirás—. Si Judas no le hubiera traicionado, ¿no le hubiera traicionado otro? — ¿Y qué tiene esto que ver con la cuestión? —Sí, porque si Cristo tuvo que ser crucificado, por alguien tuvo que serlo. Y si tuvo que serlo por alguien, forzosamente por alguien de la calaña de Judas. De haber sido todos buenos, se hubiera entorpecido la economía de nuestra salvación. — ¡De ninguna manera! Porque el que es infinitamente sabio sabía, aun sin darse la traición de Judas, cómo disponer y ordenar nuestra salvación.

  Trazas tiene e incomprensible es su sabiduría. Por ello justamente, para que nadie piense que Judas fue ministro de su economía redentora, el Señor pronuncia sobre él su palabra de ¡ay de aquel hombre!

  Pero dirás nuevamente: —Si a Judas le hubiera valido más no haber nacido, ¿por qué le dejó Dios venir al mundo a él y a los malos todos? —A los malos mismos tendrías que acusar; pues, estando en su mano no haberlo sido, se hicieron malos. Pero tú dejas a éstos y te metes a averiguar curiosamente los misterios de Dios. Y, sin embargo, tú sabes que nadie es malo por necesidad. —Pero habían de nacer sólo los buenos —me dices—, y en este caso no habría necesidad del infierno, de castigo ni de suplicios, y no se vería rastro de maldad.

  Los malos, sin embargo, o no debieran nacer o, apenas nacidos, salir inmediatamente de la vida. —En primer lugar, hay que decirte aquello del Apóstol: Más bien, ¡oh hombre!, ¿tú quién eres, que le replicas a Dios? ¿Acaso dirá la figura a quien la plasma: Por qué me has hecho así? (Rom 9, 20) Pero, si exiges también razones, te podemos decir que, estando entre malos, son más de admirar los buenos, pues entonces señaladamente dan muestras de sí su paciencia y su mucha filosofía. Más tú, al razonar de esa manera, quitas toda ocasión de lucha y de combate.

   —Entonces —me dices — ¿para que los buenos brillen son castigados los malos? — ¡De ninguna manera! Los malos son castigados por su maldad, porque no son malos por el mero hecho de venir al mundo, sino que se han hecho tales por su negligencia, y por ello son castigados. En efecto, ¿cómo no han de merecer castigo, pues, habiendo tenido tantos maestros de virtud, no sacaron provecho alguno? Porque como los buenos merecen doblada gloria, no sólo por haber sido buenos, sino por no haber sufrido daño de su convivencia con los malos; así los malos merecen doblado castigo; primero, por haber sido malos, cuando pudieran haber sido buenos, como lo prueban los que lo fueron; y luego, por no haberse aprovechado de su convivencia con los buenos.

  Pero veamos ya qué es lo que dice este infortunado de Judas: ¿Qué es, pues, lo que dice? ¿Por ventura soy yo, Señor? —Y ¿por qué no preguntó eso desde el principio? —Porque pensó quedar oculto al decir el Señor: Uno de vosotros; pero cuando se vio descubierto, se atrevió a preguntar nuevamente, esperando de la mansedumbre de su maestro que no le reprendería. De ahí que también le llame Rabbí.


SAN JUAN CRISÓSTOMO“Homilías sobre el Evangelio de San Mateo”



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 13 de abril de 2014

El Manípulo Contra La Acedia De La Iglesia - por Alessandro Gnocchi


(Traducción del italiano por F.I.)
  
  Ningún gran hombre, decía Hegel, le escapa a la censura del camarero que gobierna sus recámaras. Del mismo modo, las revoluciones y sus traumas reformadores no se sustraen al juicio del ropavejero que frecuenta la trastienda donde reposan los restos del tiempo que pasó y del orden trastornado. Por cuanto se lo esconda, hay siempre un lugar en el que el individuo de excepción y el acontecimiento trascendental se ven obligados a mostrar su naturaleza más íntima, aunque más no sea algún detalle.

  La reforma litúrgica operada en la Iglesia Católica al final de los años sesenta no escapa a la guillotina hegeliana. Incluso ese gran salto hacia el mundo, que se puede considerar revolución -a juzgar por la orientación del orar, invertido respecto del pasado-, tiene su trastienda reveladora. Basta ir a las casas parroquiales, conventos y sacristías en busca de antiguas vestimentas rituales para contar con la prueba. Con un poco de paciencia y bastante disposición a la humildad, en este tour de la memoria litúrgica se encuentra siempre un sacerdote, una monja, con mayor frecuencia un viejo sacristán, que descubren casullas, dalmáticas, tunicelas, sobrepellices y bonetes, suspirando por el  tiempo en que la misa era de veras la misa. Pero incluso ellos, salvo raras excepciones, no están en condiciones de recuperar el manípulo, esa tela delgada semejante a una pequeña estola que el celebrante lleva sobre el brazo izquierdo.


  Por oscuros designios, parece casi como si se hubiera querido borrar la memoria de este paramento cuyo origen se remonta a la mappula, el pañuelo de lino que la nobleza romana llevaba en el brazo izquierdo, usado para limpiar sudor y lágrimas y para dar la señal de comienzo de los combates en el Circo. Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris; ut cum exsultatione recipiam mercedem laboris, recita el sacerdote mientras se lo pone durante la vestición. «Oh Señor, que yo merezca llevar el manípulo del llanto y del dolor, a fin de recibir con alegría la recompensa de mi trabajo»: y entonces, una vez más, comienza la batalla contra el mundo y su príncipe, en la que el sacerdote místicamente suda, llora, se desangra y lucha hasta la cruz como alter Christus. Aprovecha pues la dolorosa y varonil compenetración con el sacrificio, de la que el sutil manípulo es signo e instrumento. Allí donde, en cambio, se ha perdido voluntariamente la memoria para abocarse al banquete festivo de una salvación carente de fatigas no hay lugar para los signos de la batalla a la que se le debe confiar el propio cuerpo.

  La agonía del padre Pío y de su carne estigmatizada, los éxtasis de san Felipe Neri hundiendo sus dientes en el cáliz para beberse ávidamente a todo su Señor, las visiones de san Juan Crisóstomo, que asistía al descenso del rayo sobre el altar, y aun todas las misas, incluso aquellas del más indigno de los sacerdotes que tuviese siquiera un poco de fe en el milagro de la transustanciación, han sido siempre, a un tiempo, el corazón y el fruto de la batalla contra el príncipe de este mundo. Impone, Domine, cápiti meo gáleam salutis, ad expúgnandos diabólicos in cursus. «Pon, oh Señor, en mi cabeza el yelmo de la salvación, para vencer los asaltos del demonio» reza el sacerdote cuando, preparándose para la celebración, viste el amito, otra prenda que recuerda la batalla y el sacrificio caídos en desuso en la misa reformada. Hoy, en la Iglesia post-conciliar, se  prefiere hablar por hablar, dialogar por dialogar, conversar amigablemente con el mundo embriagados por un ilusorio poder de seducción de la cháchara. Ya no sirve una prenda como el amito que, además del casco del guerrero, simboliza también la castigatio vocis y expulsa del acto de religión toda palabra que no sea ritual y que es, por eso mismo, inexorablemente excesiva. Se ha perdido la actitud ritual y, por ello, se ha perdido la capacidad de mando, y por eso los sacerdotes han abandonado la sotana. «Cuando los hombres quieren aparecer sin falta solemnes», escribe Gilbert Keith Chesterton en Lo que hay de malo en el mundo, comentando la estupidez de las mujeres que prefieren los pantalones, «como en el caso de los jueces, sacerdotes y reyes, entonces usan la falda, el largo y ondulante traje de la dignidad femenina. El mundo entero se halla gobernado por las faldas, ya que incluso los hombres las usan cuando quieren gobernar».

  La idea del mando y de la batalla, de las armas y de la armadura del espíritu, han sido abandonadas por cristianos que gustan hacerse acunar por la apatía, el más perverso de los pecados capitales. Esa trampa mortal que los antiguos padres llamaban akedia o acedia se ha transmitido de creyente en creyente hasta infestar el cuerpo de la Iglesia. Esto ha dado como resultado un mal del ser, una herejía de la forma que preludia los más variados errores -y aun contrarios entre sí-, como una suma mueca contra el viril y bélico principio de no contradicción. Enferma de acedia, la Iglesia ha terminado por concebirse y presentarse como problema en vez de como solución a la íntima afección del hombre. Incluso cuando habla del mundo revela la conciencia de su propia ineficacia para indicar un camino de salvación, casi como si se excusara por haberlo intentado durante tantos siglos. Primero duda de sus propios fundamentos intelectuales y ascéticos y, al tiempo que proclama estar abriéndose al siglo, se declara incapaz de conocerlo, de definirlo y, por lo tanto, de educarlo y convertirlo. A lo sumo, se encuentra disponible para interpretarlo.

  «La acedia», escribe san Juan Clímaco en la Escalera del Paraíso (y parece describir a la Iglesia de estas últimas décadas, y no al monje postrado ante el peso de la religión), «es abatimiento del alma, debilitamiento de la mente, negligencia de la ascesis, odio de la profesión; es considerar dichosos a los que viven en el mundo, es tan calumniadora de Dios como carente de compasión y amor por los hombres. Es atonía en la salmodia, debilidad en la oración». Luego, como verdadero hombre de Dios, y por lo tanto conocedor del ser humano, el antiguo padre muestra qué efectos efímeros y traidores produce la acedia, enfermedad tan insidiosa que llega a presentarse como remedio ilusorio de sí misma. Es «férrea en el servicio, activa en el trabajo, manual, dispuesta a la obediencia (...) La acogida de los huéspedes es una sugerencia de la acedia, y ésta insta a cumplir trabajos manuales para hacer limosnas, invita calurosamente a visitar a los enfermos, recordando a Aquel que dice: 'estuve enfermo y me visitasteis'; impele a acudir a los que están desanimados y débiles de ánimo diciendo consolar a los débiles de ánimo, del mismo modo que ella es de ánimo débil. Mientras estamos en la oración nos trae a la mente tareas urgentes y obra toda artimaña para quitarnos de allí con una razón de peso, como un cabestro, justamente ella que es irracional».

  Aquello que en el siglo VII era una advertencia para los miembros singulares, ahora se aplica a todo el cuerpo eclesial, presa de aquella enfermedad de hacer, un poco tango y corazón [en castellano en el original], inspirado en el movimientismo mediático y en el minimalismo del actual pontificado. Pero no es haciéndose similar al mundo y desposando su lenguaje como se lo atrae; no es ensalzando el gesto y la palabra cuyo rito es "castigatio" como se gana al siglo: porque el mundo padece, ante todo, horror de sí mismo, y no es secularizándose como el cristiano lo conquista. «Ve», dice Moisés el Fuerte, otro padre del desierto, al monje apático, «entra a tu celda y siéntate, y tu celda te lo enseñará todo». Y en el ensayo sobre Los sentidos sobrenaturales Cristina Campo escribe: «no impunemente se practica la torva homeopatía que recomienda curar a un mundo gravemente enfermo de miseria, anonimato, profanidad y licencia por medio de miseria, anonimato, profanidad y licencia». Y de nuevo: «esperar a que la regeneración de lo profano, la "consagración del mundo" pueda tener lugar fuera de las regiones vertiginosas, en las vetas del Sinaí, es infantil. Comer una comida simbólica entre amigos, donde y como la imaginación lo dicte, en memoria de un filántropo de la antigüedad es, a la vez, la putrefacción de lo sagrado y la pérdida de lo profano (...) Heschel nos recuerda que si dejamos de llamar a Dios en nuestros altares, los ocuparán ineluctablemente los demonios».

  Sin embargo el altar, la gran prueba ante la que es convocado el hombre en el acto de la religión, está íntimamente ligado al dogma, la gran prueba a la que el hombre está llamado en el acto de la inteligencia. Si uno falla, el otro también se cae, activando un círculo que se autoalimenta perversamente. El benedictino Dom Prosper Guéranger escribía en sus Institutions liturgiques: «vino finalmente Lutero, quien no dijo nada que que sus predecesores no hubieran dicho antes que él, pero pretendió liberar al hombre, a un mismo tiempo, de la esclavitud del pensamiento respecto del poder docente y de la esclavitud del cuerpo respecto del poder litúrgico».

  El vicio del la acedia, que hechiza al pueblo de Dios haciéndole perder la frontera entre la ortodoxia y la herejía, tiene sus raíces en el drama religioso del agustino alemán, traducido en agresión a la liturgia y a la razón, al altar y al dogma, a la lex orandi y a la lex credendi. Nada extraño, si se tiene en cuenta que el hombre es un ser racional porque es un ser litúrgico y tiene como fin último la adoración: como no puede eliminar el rito de su horizonte y, por tanto, debe limitarse a distraerlo de su legítimo objeto y pervertirlo, de la misma manera se relaciona con la razón, y cuando no la santifica la prostituye. Los ataques contra el Cuerpo Místico de Cristo siempre pasan por la demolición de la liturgia: el genio herético de Arrio se transmitió gracias a himnos religiosos, y el genio ortodoxo de san Ambrosio lo venció gracias a otros himnos religiosos.

  Connaturales a la esencia litúrgica y racional del hombre, el altar y el dogma son la prueba por la cual medir la salvación que una criatura no puede darse a sí misma: piden un supremo acto de confianza ya que velan aquello que todo ser humano querría que fuese evidente. Este velamen, tenido por odioso por el hombre moderno, es fruto de la incapacidad de captar lo esencial de parte de quien ha perdido el estado de Gracia. Por sí solo el hombre ya no es capaz de percibir el sentido último de las cosas, y por esta razón la liturgia, mientras no se rindió a los encantos de la Ilustración, lo ha siempre ayudado revistiendo a la materia con significados ulteriores. A través de los tapices colocados en el umbral entre lo finito y lo infinito, el acto de adoración conduce a la inteligencia a intuir, al menos, la bella razonabilidad del dogma. Entonces el velo se convierte en el signo visible de la gracia y de una santidad invisible a los ojos del hombre, muestra la esencia íntima de las cosas.

  Pero es menester la fe, como dice Santo Tomás en su sublime himno eucarístico Adoro te devote: Vista, tacto, gustus, in te fállitur,/ Sed audítu solo tuto créditur:/ Credo quidquid díxit Dei Fílius;/ Nil hoc verbo veritátis vérius. "La vista, el tacto, el gusto, en Ti se engañan/ Pero sólo con el oído se cree con seguridad:/ Creo todo lo que dijo el Hijo de Dios,/ nada es más verdadero que esta palabra de verdad ". Sólo en estas regiones tan enrarecidas, y sin embargo tan concretas que pueden ser tocadas, comidas, bebidas, es posible encontrar el punto de Arquímedes en el que reside la salvación: la Cruz, locura para el mundo, que considera al cristiano un loco destinado a vivir cabeza abajo. Y sin embargo, es precisamente así, como san Pedro en el instante supremo de su crucifixión con la cabeza vuelta hacia abajo, que el seguidor de la Cruz tiene como recompensa la visión maravillosa e infantil en la que el mundo aparece verdaderamente tal como es: con las estrellas a modo de flores y las nubes como colinas y todos los hombres suspendidos en el vacío a la merced de Dios.

  Una tal visión produce una mirada que asusta tanto al mundo como para conquistarlo, sin siquiera una palabra ni un gesto mundanos. Es el brillo pintado con perfecta devoción en el San Francisco de Francisco de Zurbarán, en el que destacan dos ojos espiritualizados, uno penetrado por la luz y el otro inmerso en la sombra, que pertenecen a otro mundo y no ven otra cosa. Y cuando se posan en las cosas materiales lo hacen sólo para expresar la belleza velada e inasible a ojos profanos. La imagen del hombre de pie, con la cabeza tapada por la capucha, las manos ocultas en las mangas del hábito y la mirada en el cielo pintado por el pintor español no representa al santo vivo, sino a su cuerpo incorrupto después de la muerte, tal como fue encontrado en la cripta de Asís. Por lo general, el hallazgo de Francisco es representado como un episodio narrativo. Zurbarán, en cambio, muestra al santo erguido en un eterno instante litúrgico, modelado por la luz y la sombra, por la Gracia y por el velo. Sólo la cara, cuya mitad está inmersa en la sombra, aparece de carne, pero contribuye a testimoniar la manifestación corporal de alguien que regresa del mundo de los muertos en una epifanía privada de notas aterradoras, porque el alma está llena de serenidad sobrenatural y de bienaventuranza.

  Incluso en la última capilla rural, donde el aroma del pobre incienso se mezcla con el de la cera rancia, la entrada del sacerdote listo para la celebración del sacrificio tiene la misma raíz sagrada percibida por el visionario español, hecha de lo divino que irrumpe en el tiempo. Introibo ad altáre Dei. Ad Deum qui laetificat juventútem meam, y mientras se acerca al altar de Dios, al Dios que alegra su juventud, el sacerdote, aunque no pueda  revestirse de la gloria pintada por Zurbarán, habla a cada criatura del universo velándose con los signos que llevan los vestigios de la gloria. Y se hace de veras felizmente joven, sea un indigno pecador, como lo cuenta Graham Greene en El poder y la gloria, o sea mártir, según lo cuenta Robert Hugh Benson en Con qué autoridad.

  «Uno de los criados, notando, notando que no tenía la fuerza como para vestirse por su cuenta los ornamentos sacerdotales» narra Benson, describiendo la misa de un sacerdote torturado por los verdugos anglicanos, «le puso alrededor del cuello el amito; luego le puso el alba, recogiéndolo alrededor de los flancos con el cíngulo; le dio la estola para que la besase, le adaptó el manípulo al brazo izquierdo y, finalmente, lo cubrió con la casulla roja, y el sacerdote estaba de nuevo, al igual que el domingo anterior, con vestiduras rojas; pero, ¡ay, qué cambiado! Entonces el siervo se arrodilló junto a él y el sacerdote comenzó a recitar las oraciones que se utilizan como preparación al acto más grande de la religión; acercándose luego al altar, se inclinó lentamente, lo besó y se dio comienzo a la misa».


Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/

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A Jesucristo no le gustan los cobardes – Por Leonardo Castellani


  ... Cosa increíble: hay una tormenta tal en el Mar de Tiberíades que las olas invaden la cubierta de la barca de los Pescadores; y Jesucristo duerme. ¿Se hace el dormido, como dicen algunos, para “probar a sus discípulos”? No: duerme, apoyada la cabeza en un banco. Esa manera de probar a la gente con cosas fingidas es una chiquilinada inventada por un mal maestro de novicios: lo único que prueba de veras es la vida, la verdad, la realidad, no las ficciones. Tampoco es verdad que Dios haya prohibido a Eva el Fruto del Árbol del Malsaber para probarla; se lo prohibió porque simplemente no le convenía ese fruto a ella ni a nadie. Dios no hace pavadas, pero hay gente que tiene inclinación a atribuirle las pavadas propias. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza; pero el hombre se lo ha devuelto; porque ¡cuántas veces no ha rehecho el hombre a Dios a imagen y semejanza suya!

  Jesucristo es notable: duerme de día en medio de una tormenta, y de noche deja la cama y se sube a una colina para orar hasta la madrugada. No lo despiertan el bramar del viento, el golpe del agua, los gritos de los marinos, y lo despierta un gemido en la noche o una mujer hemorroisa que le toca el vestido. Mi abuela Doña Magdalena decía: “Jesucristo es bueno, yo no digo nada; pero ¿quién lo entiende, dígame un poco?”.

  Sólo un niño o un animal puede dormir en esas condiciones en que los tres Evangelistas dicen que Cristo realmente “dormía”; y también un hombre que esté tan cansado como un animal y tenga una naturaleza tan sana como la de un niño...

  Bueno, el caso es que Cristo dormía, y los discípulos lo despertaron diciéndole algo que está diferentemente en los tres Evangelistas; pero en realidad le deben haber gritado no tres sino unas doce cosas diferentes por lo menos; que se resumen en ésta: “¡Sonamos!”,., “¿No te importa nada que nosotros “sonemos”?” que trae San Lucas como resumen de toda la gritería. Lo que dijo Mateo, que estaba allí, fue esto: “Señor, ayúdanos, perecemos”. Cada uno dijo lo mejor que supo y eso es todo.

  Lo que les dijo Cristo–en esto concuerdan los tres relatores– fue “cobardes”. La Vulgata latina traduce “Modicae fidei”, o sea “hombres de poca fe”; pero Cristo, en griego o en arameo, les dijo “cobardes”. Un hombre que grita cuando hace agua su lancha en una tempestad del Mar de Galilea, que son breves pero violentas; suponiendo incluso que haya gritado un poco de más, ¿es cobarde? Para mí, no es cobarde. Pero para Jesucristo es cobarde. A Jesucristo no le gustan los cobardes.

  La Iglesia (“la barquilla de Pedro”, que le dicen) ha tenido muchas tempestades y ha de tener todavía otra que está profetizada, en la cual las olas invadirán el bordo, y parecerá realmente que los pocos que están dentro suenan. Cristo parece haber conservado su costumbre juvenil de dormir en esos casos; y también su idiosincrasia de no amar la cobardía.

  La cobardía ¿es pecado? Sí; y en algunos casos muy grande. Los Apóstoles tenían una manera de predicar que yo no usaría otra si me dejaran predicar: que es hacer una lista de pecados grandes, recitarla y después decir: “Ninguno de estos entrará en el Reino de los Cielos. Basta”. Así San Pablo dice: “No os engañéis, hermanos: que ni los idólatras, ni los ladrones, ni los divorciados, ni los avaros, ni los perros [o sea los maricones] ni... –y así sigue un rato–entrarán en el Reino de los Cielos”. Hoy día habría que predicar así, sencillo... es opinión nuestra.

  Pues bien, San Juan en el Apokalypsis, que es una profecía acerca de los últimos tiempos, añade a la lista de pecados otros dos que no están en San Pablo: “los mentirosos y los cobardes”. Lo cual parece indicar que en los últimos tiempos habrá un gran refuerzo de mentira y de cobardía. Dios nos pille confesados.

  La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca fe en Cristo (“cobardes y hombres de poca fe”) que ha dado sus pruebas de que es un hombre “a quien el mar y los vientos obedecen” –dice el Evangelio de hoy– con el cual por lo tanto, el miedo no es cosa bonita; ni lícita siquiera. Julio César, en una ocasión parecida, no permitió a sus compañeros que se asustaran. “¿Qué teméis? Lleváis a César y a su buena estrella” les dijo. Mucho más Jesucristo, creador de las estrellas.

  Lo que gobierna el mundo son las Ideas y las Mujeres, dijo uno. Las Ideas, lo dudo mucho. Las Mujeres, habría que hacer la prueba. ¿Qué sucedería si en la Argentina saliese una especie de Teresa de Jesús, que persuadiese a todas las mujeres este propósito: “¡No te casaré con ningún hombre que sea un cobarde!”. Yo creo que se vendría abajo la tiranía de turno; y no subiría más ningún otro tirano.

  En otros tiempos, los argentinos no eran ni adulones ni cobardes. Ahora parecería, según algunos que leen los diarios, que se están volviendo adulones y cobardes. Que Dios nos salve por lo menos de las mujeres.


LEONARDO CASTELLANI – “El Evangelio de Jesucristo” 1957


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jueves, 10 de abril de 2014

ODIO A LA HEREJÍA – Por el P. Frederick Faber


DONDE NO HAY ODIO POR LA HEREJÍA, NO HAY SANTIDAD
  
“....para esto he venido al mundo, para
dar testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37)


  Si nosotros no odiamos el pecado como Él debió haberlo odiado, puramente, varonilmente, nosotros deberíamos hacer más penitencia, nosotros deberíamos infligirnos más auto-castigos, nosotros deberíamos sentir pesar por nuestros pecados con más constancia. Luego, una vez más, la suprema deslealtad a Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, la más repugnante de las cosas que Dios desprecia en este mundo maligno. Sin embargo, ¡qué poco comprendemos su excesivo carácter odioso! Es la profanación de la Verdad de Dios, que es la peor de todas las impurezas.

  Sin embargo, ¡qué poco caso hacemos de ella! Nosotros la vemos, y permanecemos calmos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella y no tenemos temor. Vemos que toca las cosas santas, y no tenemos sentido del sacrilegio. Respiramos su olor, y no mostramos signos de aborrecimiento o repugnancia. Alguno de nosotros aparenta su amistad; y alguno incluso atenúa su culpa. Nosotros no amamos a Dios lo suficiente para preocuparnos por Su Gloria. Nosotros no amamos lo suficiente a los hombres para ser verdaderamente caritativos con sus almas.

  Perdido el tacto, el gusto, la visión, y todos los sentidos de la conciencia celestial, nosotros podemos morar en medio de esta plaga odiosa con tranquilidad imperturbable, reconciliados con su vileza, no sin algunas profesiones jactanciosas de liberal admiración, tal vez incluso con una muestra solícita de simpatía tolerante.

  ¿Por qué nosotros estamos tan por debajo de los antiguos santos, e incluso de los modernos apóstoles de estos últimos tiempos, en la abundancia de nuestras conversaciones? Porque no tenemos la antigua austeridad. A nosotros nos hace falta el espíritu de la vieja Iglesia, el antiguo genio eclesiástico. Nuestra caridad es falsa, porque no es severa; y es poco convincente, porque es falsa.

  Nosotros carecemos de devoción a la Verdad como Verdad, como Verdad de Dios. Nuestro celo por las almas es débil, porque no tenemos celo por el honor de Dios. Nosotros actuamos como si Dios fuera cumplimentado por las conversiones, cuando son almas temblorosas rescatadas por un exceso de misericordia.

  Nosotros decimos a los hombres la mitad de la Verdad, la mitad que mejor convenga a nuestra propia pusilanimidad y vanidad; y luego nos asombramos que tan pocos se conviertan, y que de esos pocos tantos apostaten.

  Nosotros somos tan débiles como para sorprendernos que nuestras medias verdades no logren tanto como las verdades íntegras de Dios.

  Donde no hay odio por la herejía, no hay santidad.

  Un hombre, que pudo ser un apóstol, se vuelve un enconado en la Iglesia por falta de esta justa indignación.



  El Padre Frederick Faber fue uno de los más eminentes y queridos autores católicos del pasado siglo XIX.

Tomado de La Preciosa Sangre

Visto en: Radiocristiandad.wordpress.com


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

miércoles, 9 de abril de 2014

MIEDO AL MARTIRIO – Augusto TorchSon

  
  Viviendo los tiempos de la Gran Apostasía, y como consecuencia del enfriamiento del amor a Dios, estamos asistiendo a la inversión de nuestra fe reemplazándola por una propuesta antropocentrista.

  Sabemos que la nueva orientación de la jerarquía eclesiástica que representa Francisco, está proponiendo la masónica idea de “libertad, igualdad y fraternidad” en donde se habla de “solidaridad” en vez de “caridad”, haciendo que el hombre que fue creado para permanecer parado y así poder levantar sus ojos hacia su Creador, cambie su postura por la de los cuadrúpedos que en su animalidad están destinados a mirar hacia abajo, a la tierra, en una concepción judaizada del mundo que busca el paraíso terreno.

  En ese sentido, recordamos las palabras del obispo de Roma Bergoglio cuando dijo al defenderse de quienes lo acusan de comunista: “soy creyente en Dios y en Jesucristo, para mí el corazón del Evangelio se halla en los pobres” (aquí). Así se continúa con el mensaje socialista por el cual la nueva función de la Iglesia pasa por la búsqueda de la “justicia distributiva” y no tanto por la salvación de las almas. Es oportuno en este sentido recordar cuando dijo Francisco en Brasil: “Si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre” (aquí).

  Y ahora en el Vaticano de Francisco que adhiere a la “Hora del Planeta” con la masónica World Wildlife Fund (aquí) WWF(1), prepara como próxima encíclica, una que no tiene que ver con la tan vapuleada doctrina católica, ni con la defensa sin concesiones contra los ataques a la moral cristiana del Nuevo Orden Mundial, sino que trata sobre la “ecología” (aquí).


 Pero la pretensión en esta oportunidad no tiene que ver con las imposturas bergoglianas, que ya conocemos desde hace muchos años; sino con la falta de celo por la Verdad y los Derechos de Dios de todos los que tienen como principal misión en la tierra, el evitar que las ovejas se pierdan. Estamos hablando de quienes debiendo ser pastores, se acostumbraron tanto a “oler a ovejas”, que se confundieron con las mismas y pretendiendo “por humildad” ser iguales a ellas, terminaron claudicando a lo esencial de su ministerio.

  Pero, si bien es cierto que en muchos casos esta postura tiene que ver con acomodarse al mundo y no perder los beneficios que este brinda; en muchos otros tiene que ver con una dolosa omisión, con un silencio cómplice, con la cobarde actitud de quiénes no pueden aducir ignorancia. Nos estamos refiriendo, específicamente a quienes callan por miedo al escándalo o a las consecuencias en sus personas.

  En ese sentido citamos las palabras que nuestra colaboradora Catalina SCJ nos dejó en un comentario: “Para no asustar a los fieles, no se habla de las postrimerías, del infierno, del adulterio y del pecado abominable de la homosexualidad. Sobre todo esto al sacerdote se le obliga a callar "como perro mudo que no sabe ladrar" (Is 56,10), bajo pena de cesar en sus funciones. El superior sabe mejor que nadie que está en peligro la fe, porque la doctrina es distorsionada y "la palabra de la verdad, la buena nueva de nuestra salvación" (Ef 1,13), se está vaciando de contenido espiritual. Sin embargo, "el silencio vergonzoso" (2 Cor 4,2), se impone con la excusa de no provocar escándalo. Pues bien: “Si la verdad ha de causar escándalo, es mejor permitir el escándalo que renunciar a la verdad (San Gregorio Magno)”

  La intención en esta humilde reflexión es cuestionar, ya no la búsqueda de los placeres mundanos de algún sector (no minoritario) de nuestro clero, sino la pusilánime actitud de quienes por miedo afrontar el martirio, que es vocación cristiana,  renunciaron a cargar la cruz, esperando tal vez tiempos más propicios, más cómodos, menos peligrosos.

  Así, horrorizados observamos el ilegítimo bautismo de la pobre criatura, hija de madres lesbianas, en la Catedral de la segunda provincia más importante de Argentina, sin cumplimentar los requisitos previstos para dicho sacramento, y donde se abogó por un casamiento homosexual en la Iglesia (aquí). Pero no escuchamos a nuestros pastores tratando de poner un poco de luz a tan oscura profanación con besos aberrosexuales incluidos en el templo.


  Queda claro, que el status quo es lo que se prefiere antes que el deber ser, y en el caso que nos ocupa denunciamos la cobardía de quienes tienen obligación de hablar.

  En este último sentido, nada más claro que las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome la CRUZ, y sígame. Quien quiere salvar su vida, la perderá, y quien pierde su vida a causa de Mí y del Evangelio, la salvará” (Mc. 8,34-35)

  Para mejor graficar la obligación de testimoniar nuestra fe con nuestra vida si fuera necesario; acercamos las palabras de S.S.León XIII quien en la encíclica “Sapientiae Christianae” dijo:

  “Si por ley de la naturaleza estamos obligados a amar especialmente y defender la sociedad en que nacimos, de tal manera que todo buen ciudadano esté pronto a arrostrar hasta la misma muerte por su patria, deber es, y mucho más apremiante en los cristianos, hallarse en igual disposición de ánimo para con la Iglesia. Porque la Iglesia es la ciudad santa de Dios vivo, fundada por Dios, y por Él mismo establecida, la cual, si bien tiene su morada en la tierra, llama sin embargo a los hombres, y los instruye y los guía a la felicidad eterna allá en el cielo. Por consiguiente, se ha de amar la patria donde recibimos esta vida mortal, pero más entrañable amor debemos a la Iglesia, de la cual recibimos la vida del alma que ha de durar eternamente; porque es de todo derecho anteponer a los bienes del cuerpo los del espíritu, y con relación a nuestros deberes para con los hombres son incomparablemente más sagrados los que tenemos para con Dios


Trabajando para que Cristo reine

Augusto Torchson


(1)   Recordamos que la WWF, entidad masónica, al igual que el “Club de Roma” tienen como objetivos principales implementar mundialmente el aborto y la eutanasia, promoviendo a tal fin el miedo a la superpoblación y escasez de recursos naturales. Recomendamos el siguiente artículo al respecto: http://pildorasantimasoneria.blogspot.com.ar/2012/04/wwf-ecologismo-masonico-abortista-335.html


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

martes, 8 de abril de 2014

Situación incómoda de Francisco ante Franciscanos de la Inmaculada - Por Sandro Magister

Algo inesperado para el papa en la Magliana: Los Franciscanos de la Inmaculada

Por Sandro Magister . Publicado en SETTIMO CIELO

  El icono de María "Salus Populi Romani" es el niño mimado del Papa Francisco. Así que quiso que su primer acto como Papa fuera dedicado a ella, yendo a orar en la Basílica de Santa María la Mayor, en la mañana después de su elección.

  Pero, por supuesto, Jorge Mario Bergoglio no esperaba recibir una copia del icono de las manos de los esposos Pío y Annamaria Manelli, padre y madre de nueve hijos, de los cuales dos hermanos y cuatro hermanas pertenecen a los Franciscanos de la Inmaculada, entre ellos el fundador de la congregación , Stephen.

  Esto ocurrió el domingo 6 de abril, al final de la misa celebrada por Francisco en la parroquia de San Gregorio el Grande, en la Magliana.

  En esta parroquia de los suburbios los Manelli están como en casa ya que el 30 de octubre pasado el padre Stefano celebró aquí sus 58 años de sacerdocio, junto con un gran número de monjes y monjas de los Franciscanos de la Inmaculada, autorizado para ello por su padre Fidenzio Volpi, comisario exterior al que la Santa Sede ha delegado el mando de la Congregación.

  Sí, porque el comisariado en los Franciscanos de la Inmaculada -con la decapitación de todos sus líderes - es uno de los actos que han caracterizado el comienzo del reinado de Francisco, incluida la prohibición impuesta a ellos para celebrar la misa según el rito romano.

  Un comisariado todavía inexplicable, dado el fervor de la joven Congregación, la abundancia de vocaciones y el raro espíritu de obediencia, incluso en la prueba.

  Presentar los esposos Manelli al papa estuvo a cargo del párroco de San Gregorio Magno, quien dijo: "tener una gran familia en la parroquia hoy es un regalo, y si además esta familia tiene en ella tantos sacerdotes y monjas se convierte en una fuente de orgullo que no puede ser escondido".

  Cara a cara con el Papa, los cónyuges Pío y Annamaria Manelli -esta última quien hizo la copia del ícono- le dijeron:

  "Santo Padre, tenemos nueve hijos, seis de los cuales están consagrados entre los Franciscanos de la Inmaculada. Os rogamos, sacarlos del sepulcro".

  A lo que Papa Francisco -que en la homilía de la Misa había hablado de Jesús que saca del sepulcro a Lázaro y a todos- un poco sorprendido sonrió y, palmeándolos, les dijo:" pronto, pronto".

  Qué cabe entender por este "pronto" no lo sabemos. Los más optimistas confían en un final pacífico e inminente del comisariado.



Visto en: “Hacia la Verdadera Cristiandad” http://vasquesconceta.blogspot.com.ar/



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 7 de abril de 2014

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén - Por Catalina SCJ

  Nota de NCSJB: Agradeciendo a Catalina SCJ una vez más su inestimable aporte, recomendamos grandemente una concienzuda lectura del mismo, ya que no solo nos sirve de preparación para la Pascua, sino, muy especialmente para estas Pascuas de Resurrección.

  En tiempos de inmensa apostasía, donde el antropocentrismo humanista parece ser la religión universal, que solo busca el paraíso terreno; la sabia reflexión de nuestra colaboradora nos lleva a mirar nuestra nada, al levantar los ojos al Cielo, humillándonos para algún día ser ensalzados, sin dejar de ser buenos administradores de lo que nos fuera confiado.

  Sabiendo que Dios en su divina providencia, nos armó con las herramientas necesarias para cumplir lo que nos fuera encomendado, el artículo siguiente, nos compele a cumplir con nuestro deber sin desconocer los tiempos aciagos que nos tocan vivir y donde el ultraje al Cuerpo Místico de Cristo, en su intensidad y malicia, parece anticipar los postreros tiempos de la Historia y el derrotero final de la Iglesia hacia su triunfo definitivo.

Augusto TorchSon



ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN
  “La  gran muchedumbre que había venido a la fiesta, al oír que venía Jesús a Jerusalén tomaron palmas y saliendo a su encuentro, lo aclamaban diciendo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor y del Rey de Israel.” Hallando Jesús un asnillo, montó sobre él, según está escrito: “No temas, hija de Sión; mira, tu Rey viene montado sobre un pollino de asno” (Jn 12,12-15).


   Todas estas cosas ocurrieron a fin de que se cumplieran las Escrituras. El triunfo de Jesús como rey de todo lo creado fue permitido por el eterno Padre como culminación de su Vida Pública; en ella obró grandes milagros que no es necesario volver a recordar, pues ya están escritos en los Santos Evangelios.

  Fueron muchos los que en ese día volvieron sus ojos a Dios y siguieron de cerca al Maestro. Estos hermosos acontecimientos sirvieron para fortalecer a las almas desfallecidas y afianzar la fe de los vacilantes, para decir a los turbados de corazón: “¡Esforzaos y no temáis! He ahí a vuestro Rey, Señor de cielos y tierra.”

  Hoy en Jerusalén se manifiesta la gloria de Dios: “Y se abrirán los ojos de los ciegos, y se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como ciervo y gritará de júbilo la lengua del mudo” (Is 35,5.6) para decir con gozo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!”

  Las calles de esta ciudad se han convertido hoy en vía de santidad y camino de perfección, pues por ellas transita el Santo de los Santos, el Salvador del mundo; el Maligno hoy no caminará por ellas, pues Jesús ha triunfado sobre sus enemigos, y estos han sido arrojados a los profundos infiernos.

  El Señor de la Vida, va sobre un jumentillo. Avanza entre las multitudes como un Rey entre la tropa, exuberante y lleno de gloria. De pobreza y sencillez está revestido; su corona es la sabiduría; su cetro la justicia; su trono, un jumento; pero ni siquiera la carroza ataviada de esplendor del rey Salomón podía comparase con aquel noble y afortunado animal escogido por Dios para llevar sobre su lomo a la divina Realeza, que de saber hablar, de gozo y admiración hubiera enmudecido.  Bueno es que no lo supiera, que de tener inteligencia posiblemente hubiera perdido toda su humildad, sencillez y encanto, pues grande fue la misión que esta criatura sin saberlo realizó.

  “Yo contemplaba todas estas cosas desde Betania y, al verlo avanzar “entre gritos de júbilo, palmas, ramos de olivo, cantos y gloria, recordé el Salmo del rey David. Y en silencio medité sobre él, pues se ajustaba a las promesas que el Padre eterno había hecho a su divino Hijo previamente”.

  “Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos por escabel de tus pies” Sal 109(110)1. Triunfante entró Jesús en Jerusalén y todos los enemigos huyeron a su paso; llena estaba la ciudad de escribas y fariseos, y mucha gente venida de fuera; ninguno levantó la mano sobre Él. Dios los tenía controlados, demostrando así el poder de su brazo. De forma más ostentosa y en toda su plenitud, este triunfo, sucederá el día en que Jesús vuelva glorioso.

  “El cetro de tu poder extenderá Dios desde Sión” Sal 109(110),2. En todos los confines del mundo, incluso en el seno de Abraham, todos le aclamaron como Rey del universo, diciendo con júbilo: “¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!”

  “Mandarás en el corazón de tus enemigos” Sal 109(110)2. En efecto, mandó en el corazón de sus enemigos, pues como locos andaban buscándolo, a causa de sus milagros y de sus enseñanzas, para prenderlo; sin embargo, fueron confundidos en su maldad, dejados en su sabiduría humana, necios en su necedad, y en su soberbia y arrogancia, ciegos y sordos.

  “Te acompaña el principado el día de tu nacimiento” (Sal 109(110),3. Porque eres el Hijo de Dios por generación eterna; y el esplendor sagrado de la virtud, de la sabiduría, de la gracia y de la santidad moran en Ti Verbo Humanado.

  “Desde el seno de la aurora” (Sal 109 (110),3. El Padre está en Ti y contigo como principio de quien procedes. “Mis entrañas virginales te dieron cobijo como Madre verdadera por tu principio en cuanto a Hombre, porque, desde el instante en que recibiste el ser humano por generación temporal que de mí procede, tuviste las obras del mérito que ahora están contigo. Y te hacen digno de todo honor y gloria en el día de hoy y para siempre”.

  “A modo de rocío de tu infancia” (Sal 109 (110),3. “te cubrieron el amor y la ternura de mi corazón de Madre”.

  “Lo ha jurado el Señor y no ha de arrepentirse: “Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec” Sal 109 (110),4. Sumo Sacerdote no por participación del sacerdote levítico ni por investidura humana. El sacerdocio de Cristo es confirmado con juramento por boca del que dijo:

  “Juró el Señor y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre” Sal 109 (110),4. Ofreciéndose a sí mismo como víctima de una vez por todas. Renovándose incruentamente su sacrificio en la Santa Misa.

  “El Señor a tu diestra juzgará a los reyes en el día de la cólera” Sal 109 (110),5. Y reyes y vasallos, príncipes, hombres todos de la tierra, que camináis lejos del Señor, meditad sobre estas palabras, porque todos beberéis del cáliz de su indignación, pues vuestra iniquidad atrae grandes castigos al mundo, que reo es de muerte.

   “Hará justicia a las naciones, las llenará de cadáveres y sus ruinas se esparcirán por todas partes, machará sus cabezas sobre un inmenso territorio” Sal 109 (110),6.

  “En el camino beberá del río por eso levantará la cabeza” Sal 109 (110),7. Beberá del agua de la ira, indignado ante los comportamientos de los hombres soberbios y mal nacidos, que rechazaron la gran misericordia que con ellos tuvo el Señor. El torrente de la gracia que fluye de Él cegará más a sus enemigos, que desesperados ante la ruina que les aguarda llorarán de espanto sobre la tierra. Y el Señor vendrá al son de trompetas sobre las nubes del cielo con gran poder y estruendo a juzgar a los habitantes de la tierra. Ensalzará al humilde, y le dará su justa paga. Él levantará su cabeza y la ensalzará sobre sus enemigos, sobre aquellos que no supieron ver ni reconocer que este Hombre llamado Jesús, es el Hijo de Dios, el Mesías verdadero, el Rey triunfante.      

  Debemos huir de las alabanzas y de las glorias mundanas. 

  El triunfo de Jesús en su entrada gloriosa a Jerusalén sirvió no solo para manifestar al mundo la divinidad de Jesucristo, pues de este éxito, tan clamoroso como fugaz, se desprenden sabias y santas enseñanzas.

  Sería muy bueno para todos aquellos que buscan la perfección, y quieren imitar a Cristo, meditar sobre las alabanzas y las glorias mundana; así no se espantarían al presenciar cuan volubles son en su mayoría los hombres de mundo. ¡Y qué dados a encumbrar, halagar  y  adular de forma y modo según les place, sin tener en cuenta otras consideraciones que las de su capacidad idólatra, pobre, voluble y lisonjera; pues hoy ensalzan lo que mañana pisan, humillan y desprecian. Debería bastar este ejemplo para advertir a las almas que buscan la santidad, que es muy peligroso el camino que conduce a la vanidad, a las lisonjas y a los parabienes. Los hombres son frágiles como el barro. No debemos confiar nunca en aquellos que sin escrúpulos tienden esta trampa al corazón del hombre; estos tales son unos necios, dejando atrapados en sus redes a otros necios que, como ellos, viven de necedades.

  Las glorias del mundo pasan, no son eternas y las alabanzas son flores que presto se marchitan; por eso si somos prudentes, debemos huir de ellas pues causan estragos en el alma, que solo ha de pretender la gloria de Dios. Por tanto; “no améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios vivirá para siempre” (1Jn 2,15-17). 

  Ningún ser humano está libre de este mal; por eso insisto en que es conveniente dejar de lado todo aquello que de una manera u otra halaga los sentidos, pues como dice el Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza para que se manifieste en mí la gloria de Cristo. Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,9.10). Pues, ¿Qué es el hombre? Isaías dice: que el hombre es “un tiesto entre tiestos de barro”. (Is 19,45,9).

  ¡Señor mío y Dios mío! “Hiciste mis días de unos palmos y mi vida cual nada es ante Ti. Tan solo mero soplo es todo hombre”. Sal 38(39),6.

  La mejor enseñanza que podríamos sacar de este triunfo de Jesús en Jerusalén es no poner nuestra esperanza en los corazones humanos. “Maldito quien se fía de las personas, y hace de las criaturas su apoyo, y del Señor aparta su corazón. Y Bendito quien se fía del Señor, pues no defraudará su confianza” (Jer 17,5.7).

  El hombre carnal es voluble por naturaleza. Se embravece por nada, su amor como sus alabanzas suben y bajan como la marea. Con gran facilidad olvida sus promesas de amor y de fidelidad a Dios, y a los hombres. 

  No debemos tener miedo al mundo.

  Es importante para todos aquellos que han sido llamados a un apostolado más intenso, no tener miedo a los hombres. Los tiempos son malos y hay quienes tienen miedo a enfrentarse a unos hombres cuyas creencias caminan lejos de la verdad. Al contemplar a “esta generación adúltera y pecadora” muchos creyentes se sienten avergonzados, la oleada de vicio y de promiscuidad, se extiende como una plaga. Pronunciar el nombre de Jesucristo es tremendamente arriesgado; confesarse su discípulo, toda una proeza. ¿A quién hablar de Dios, si los que escuchan tienen sus oídos incircuncisos?

  ¡Oh! mundo necio, hombre ingrato, “que a lo malo llamas bueno, y a lo, bueno malo” (Is 5,20), que con gran soberbia caminas sin preocuparte de que has de morir. ¡Que conoces cuando se aproxima una tormenta y en tu ceguera no ves ni sabes apreciar los signos de los tiempos! Absorto en tus propios pensamientos vives olvidado de Dios, mientras tu alma se hunde en el abismo.

     Jesús era tajante en sus enseñanzas, decía la verdad sin importarle las opiniones de los escribas y fariseos. Y la verdad solo hirió a los corazones soberbios. Él no tuvo miedo, y por todas partes le habían tendido lazos para prenderlo. ¿Qué es el hombre para que le temas? Tomaré las palabras del profeta, que dice: “He aquí que vosotros no sois nada y vuestro obrar nadería” (Is 41,24).

  El hombre no levantaría la cerviz si Dios no se lo permitiera. Por eso “no les tengáis miedo” (Mt 10,26), que su fuerza y poder son como una caña en manos de un niño que fácilmente se quiebra. Sin embargo, el niño en su pequeñez y debilidad es más fuerte, mucho más fuerte y poderoso que todos ellos porque tienen un corazón puro, son sencillos y humildes. No en vano está escrito: “Si no os hacéis como un niño no entrareis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).

  La misión del hombre de fe, es parecerse a Cristo, y Jesús, sembraba los campos con su divina palabra, removía las conciencias con el ejemplo, y ablandaba los corazones con la oración.

Catalina SCJ

Nacionalismo Católico San Juan Bautista
  

domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de un complot contra la Iglesia – Por Sofronio (Tradición Digital)

  
  Este artículo está en conexión con otro anterior titulado Viduy, teschuva y tikkun, el cual recomiendo leer a aquel lector interesado para comprender mejor la moderna estrategia de la Sinagoga contra la Iglesia.

  A diferencia de otros textos magisteriales de la Iglesia, el documento del Concilio Vaticano II (en adelante CV2) conocido por la  Declaración Nostra Aetate, de28 de octubre de 1965, nunca cita escritos de  anteriores concilios o de los papas predecesores a quien la promulgó :Pablo VI. La práctica de citar en el mismo texto o en notas marginales referencias al magisterio precedente tiene la intención de mostrar, como es bien sabido, la continuidad en la doctrina y tradición en la Iglesia. Ahora bien, en la declaración sobre los judíos  no hay ninguna reseña a algún precedente positivo, ya sea de concilios, papas, Padres o escritores eclesiásticos. Había sido, pues, promulgado un texto de compromiso que presentaba por primera vez una imagen positiva y atrevida de los pérfidos judíos, en flagrante ruptura con la doctrina de la Iglesia durante casi dos mil años.

  Era un texto de compromiso luego de una terrible lucha doctrinal sin precedentes durante los años anteriores,. En esa guerra estuvieron involucrados miembros de la influyente Curia y Padres conciliares. No faltaron numerosos libelos para defender la teología de la salvación enseñada por la Iglesia durante dos milenios contra los intentos de asaltos e infiltraciones de la Sinagoga de Satanás a la Esposa de Cristo. En palabras de André Chouraqui: “de repente, la Iglesia, afectada por una amnesia más o menos total a lo largo de dos mil años.., reinstala así el privilegio de mayorazgo en el contexto de la familia del Pueblo de Dios. Por añadidura, la Iglesia rechaza categóricamente toda forma de proselitismo a su respecto, proscribiendo lo que antes se había admitido”. Aun considerando que Chouraqui debía haber puesto en lugar de “Iglesia” los “hombres de la Iglesia”, se entiende perfectamente que los judíos han comprendido que esos hombres de la Iglesia han proscrito la doctrina anterior y traicionan la misión que Cristo encarga a sus discípulos. La semilla de la cizaña había sido plantada y ha ido creciendo rauda. Pero ¿Cómo se llegó a esta novedosa doctrina? ¿Cómo se introdujo ese Caballo de Troya en nuestra fortaleza? Trataremos de responder a esta cuestión.

  Nos limitaremos a exhibir sobre el tema lo relativo al Siglo XX, dando por sabido que el lector conoce que fueron los judíos infieles los que pidieron la muerte de Nuestro Señor Jesucristo y que su sangre cayera sobre sus cabezas y las de sus hijos. Igualmente suponemos conocido que siempre la Sinagoga ha estado detrás de todas la persecuciones contra la Iglesia; desde el martirio de San Esteban a la persecución de Nerón, pasando por la Reforma, la Revolución liberal de 1789, la Bolchevique, en la que la mayor parte de sus líderes eran judíos, hasta la de “capa y tiara” iniciada por los carbonarios en el siglo XIX y continuada por el modernismo, que triunfa en el CV2.

  Al terminar la II Guerra mundial los judíos reanudan el desafío a la Iglesia para que revise la enseñanza de ésta sobre estos pérfidos.

1946. Se celebró en Oxford una conferencia bajo el auspicio de potentes organizaciones judías británicas y norteamericanas, a la que asistieron representantes de la Iglesia católica y protestantes.

1946. Sesenta participantes se reúnen en Seelisberg, Suiza, para tratar el tema del antisemitismo. Entre los católicos se encontraba el Padre Journet. Jaques Maritain estaba invitado y aunque no pudo participar envió un mensaje de aliento .El personaje central es el judío Jules Isaac.  Concluye con un acuerdo de 10 puntos; sobresale el siguiente: “los cristianos necesitan revisar diligentemente y purificar su propia lengua, pues una rutina no siempre inocente, filtró expresiones absurdas como raza deicida, o un modo más bien racista que cristiano de relatarla historia de la Pasión…” .

1948. Jules Isaac funda la Amistad Judeo-Cristiana, cuyo objeto es “la rectificación de la enseñanza cristiana”. Participan muchos católicos liberales en las reuniones, difundiendo los 10 puntos de la Conferencia de Seelisberg por todos los lugares.

1948. Los católicos liberales convencen a  Jules Isaac para solicitar ser recibido por Pío XII.

1949. El 16 de octubre Jules Isaac es recibido por Pío XII al que expone los 10 puntos de Seelisberg. El resultado del encuentro es poco satisfactorio para Jules. Se debe esperar, mientras se van tejiendo la telaraña.

1959. Los fundadores del Centro para de Estudios de Problemas Actuales, organización ligada a la Liga Antidifamación, brazo derecho de la logia masónica judía la B´nai B’rith, se reúnen con Jules Isaac para hablar de la posibilidad de un contacto con Juan XXIII. Jules aprueba la propuesta.

  Recordemos que unos meses antes Juan XXIII había hablado de la posibilidad de convocar un concilio. Igualmente que en 1923 los cardenales desaconsejaron a Pío XI una convocatoria semejante. El cardenal Billot había predicho al papa. ¿Acaso no debemos temer que el concilio sea maniobrado por los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, que como los informes muestran con evidencia, se preparan para aprovecharse de los Estados generales de la Iglesia (es decir un conclio; n.t)  y hacer una revolución, un nuevo 1789? (cita de Mons Mallereis). Sin embargo, un contra concilio se preparaba y debía suplantar al primero, cuando llegase la hora. La prueba de este golpe contra los esquemas iniciales del concilio son abrumadoramente abundantes en la obra El Rhin desemboca en el Tíber, de Ralp Wiltgen.


1960. Monseñor Julien aconseja a Jules Isaac que se dirija al cardenal Agustín Bea, jesuita alemán. Luego de la entrevista con el cardenal, Jules confiesa: “Encontré en él un fuerte apoyo”; “Es cierto lo que las malas lenguas decían sobre el cardenal Bea: que era un judío de corazón”. Isaac logró una audiencia con Juan XXIII el 13 de junio del mismo año. En la reunión hizo entrega a Juan XXIII de un memorándum con el título: Necesidad de una reforma de la enseñanza cristiana respecto a Israel. Isaac recuerda: “Pregunté a Juan XXIII si podía abrigar alguna esperanza”, a lo que el Obispo de Roma respondió, que tenía derecho a tener algo más que esperanza, pero que no era un monarca absoluto. Tras la entrevista Juan XXIII quiso hacer saber a la Curia que esperaba del concilio una condena del antisemitismo. Desde ese momento se sucedieron muchos encuentros entre las comisiones del concilio y la Liga Antidifamación, y la masonería judía de la B´nai B´rith. Como narra Joseph Roddy en su artículo titulado Cómo los judíos cambiaron el pensamiento católico, estas asociaciones judías supieron hacer escuchar su voz en Roma frecuentemente.

  Pero también trabajaba con ahínco a favor de la Sinagoga el rabino Abraham J. Hechel, que hacía treinta años ya había oído hablar del corazón judío de Bea, ahora cardenal. Reunidos los dos en Roma, conversaron sobre dos documentos preparados por el Comité Judío Norteamericano. Uno trataba sobre la imagen de los judíos en la enseñanza católica; el otro sobre los elementos antijudíos en la liturgia católica. Hechel declaró luego que esperaba del Concilio una declaración que dijera que de ningún modo se debe exhortar a los judíos a convertirse al cristianismo.

  Así mismo, el Dr. Goldmann, Jefe de la Conferencia Mundial de Organizaciones Judías, hizo llegar sus anhelos a Juan XXIII, mientras la B´nai B´rith ejerció presiones para que los católicos reformasen su liturgia y suprimiesen de ella toda palabra desfavorable a los judíos.

  Mucho se podría decir sobre los años de preparación del Concilio: hombres, redes, planes, amistades, enemistades; pero sigamos.

1962. Monseñor John Osterreicher y el padre Baum, “testaferros” del cardenal Bea preparan el texto sobre el judaísmo con la anuencia del Congreso Judío Mundial (CMJ), cuya declaración debía presentarse en la primera sesión del Concilio, y que exculpaba a los judíos de la acusación de deicidio. El CJM comunicó su satisfacción y envió al Dr.  Caín Y. Wardi como observador oficioso del concilio.

  Pero la reacción de los países árabes no se hizo esperar ante el tratamiento de privilegio que se quería dar a los judíos. Las numerosas protestas consiguieron que la Secretaría de Estado retirara del orden del día el proyecto.

  Ante esta traición a Cristo, exculpando a los judíos de deicidio, un grupo hizo llegar a 2.200 cardenales y obispos un libro de 900 páginas titulado Complot contra la Iglesia, firmado bajo el seudónimo de Maurice Pinay. El libro trataba de advertir a los Padres de que los judíos, que siempre habían intentado infiltrarse en la Iglesia para cambiar su enseñanza, estaban a punto de lograr su objetivo.

1963. Este fracaso no abatió al Card. Bea. El 31 de marzo se reunió con el máximo secreto en el hotel Plana de New York con las autoridades del Comité Judío Norteamericano, que presionaron para que los obispos cambiasen la enseñanza de la Iglesia sobre la Historia de la Salvación. El cardenal Bea refutó ante el Comité las acusaciones tradicionales de deicidio a los judíos infieles y tranquilizó a los rabinos.

  La presión judía iba en aumento. Poco después se estrenó la película El Vicario de Rolf Hochhut, que lanzaba calumnias contra el papa Pío XII por sus actuaciones en la II Guerra, con la intención de influir en la asamblea conciliar.

1963. Otoño. En la IIª sesión del CV2 se hizo entrega a los padres de la declaración de los judíos, como un apartado del capítulo IV sobre el ecumenismo para poder pasar más inadvertida. La declaración sobre los judíos y la cuestión de la libertad religiosa fueron debates muy acalorados; estaba en juego la renuncia de la Iglesia al monopolio de la única verdad. Los patriarcas orientales defendieron con valor la enseñanza tradicional de la Iglesia. No citamos a ninguno, porque fueron muchos, pero sobresalieron sobre los occidentales.

  Así mismo otros representantes de la ortodoxia católica distribuyeron varios ejemplares de la obra Los judíos a través de la Escritura y la Tradición con el fin de alertar sobre las maniobras del enemigo.

  El texto tuvo que ser retirado.

1964. Se multiplican las intervenciones judías ante Pablo VI, destacando los influyentes encuentros con él de Joseph Lichten, de la Liga Antidifamatoria de la B´nai B´rith; Zachariah Schuster y Leonard Sperry del Comité judío Norteamericano; el cardenal estadounidense Spellman; Arthur J. Golberg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos y el rabino Haschel. Según revelaciones de Roddy, “antes de la III sesión seis miembros del Comité Judío Norteamericano fueron recibidos por Pablo VI. El santo Padre manifestó a los visitantes su aprobación a las declaraciones del cardenal Spellmann en el sentido de la no culpabilidad de los judíos. Más adelante revela subrayando que “ Heschel se entrevistó con pablo VI en compañía de Schuster, perorando enérgicamente sobre el deicidio y la culpabilidad y solicitando que el Pontífice ejerciera presión a fin de obtener una declaración prohibiendo a los católicos todo proselitismo respecto a los judíos”.

  El 20 de noviembre los obispos y cardenales votaron sobre un esquema provisional que trataba de la posición de la Iglesia frente al judaísmo. 99 Padres votaron negativamente; 1650 afirmativamente y 242 con reserva. Las Fuerzas católicas empezaban a ceder. Los padres orientales votaron en bloque contra cualquier declaración del concilio sobre los judíos. El escrutinio final sería ya en 1965.

  Una última advertencia sobre el cambio de doctrina que quería imponerse, vino de mano de León Poncins que había redactado un opúsculo titulado el Problema Judío frente al Concilio. León advierte en el escrito que hay “de parte de los Padres conciliares una ignorancia profunda de la esencia del judaísmo”. Pero el documento produjo el efecto de profundizar los argumentos contra el esquema y sustituir los párrafos que más directamente atacaban la enseñanza cristiana.

1965. Finalmente la versión definitiva, un texto de compromiso,  de Nostra Aetate se vota en la 4ª sesión del 28 de octubre.  A favor de él 2221 votos; en contra 88.

“ Las discusiones que siguieron a la toma de conciencia del CV2 fueron preparando poco a poco al mundo cristiano para asumir una nueva teología de las relaciones de la Iglesia con el judaísmo. El objetivo de las directrices del Vaticano y de los episcopados desde hace casi 50 años se encaminó a transformar la mentalidad por medio de un gran esfuerzo de ‘educación’ de los pueblos del espacio cristiano”(Michel Laurigan).

  Este esfuerzo tiende a:

 -Recordad la perpetuidad de la primera Alianza (afirmación anatematizada).

- Inculcar el aprecio al pueblo judío infiel, “pueblo sacerdotal” (el cual no puede salvarse, si no creen en Cristo)

- Renunciar a la conversión de los judíos (contra Cristo, San Pablo y todos los Apóstoles).

- Familiarizarse constantemente con la cooperación con los judíos (puro pelagianismo).

- Preparar los caminos a la religión noáquida. (despojar a Cristo de la divinidad)

  Lo demás, lo que hoy sufrimos de los falsos pastores,  es el podrido fruto de haber traicionado a Cristo. Sólo recordemos unos pocos, entre miles,  nauseabundos jalones de esta gigantesca traición a modo casi telegráfico:

• Texto herético de la Comisión de la Comisión del Episcopado Francés para las Relaciones con el Judaismo de Pascua de 1973, en el que se señala que la primera alianza no queda abrogada por la Nueva de Cristo (declaración que cae bajo anatema de la Iglesia Católica).

• Texto titulado Reflexiones sobre la Alianza y la Misión del episcopado norteamericano de agosto del 2002, en el que concluyen que las acciones encaminadas a convertir a los judíos al cristianismo ya no son teológicamente aceptables en la Iglesia Católica (esto ya es apostasía de la Misión encomendada por el Señor).

• Visitas sucesivas a las sinagogas de los obispos de Roma, oraciones conjuntas, peticiones de perdón a los judíos, participaciones en las liturgias talmúdicas, eliminación de las oraciones en la liturgia católica, como la de Viernes Santo…

He aquí un botón de muestra de la ruptura acaecida

PLEGARIA DEL MISAL DE SAN PÍO V DEL VIERNES SANTO

Oremos también por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones, a fin de que ellos también reconozcan a Jesucristo Nuestro Señor

R. Amén

Oh Dios todopoderoso y eterno, que no rechazas de tu misericordia a los pérfidos judíos: oye las plegarias que te dirigimos por la ceguedad de aquel pueblo, para que, reconociendo la luz de tu verdad, que es Jesucristo, salgan de sus tinieblas. Por Jesucristo Nuestro Señor

R. amén


PLEGARIA DE LA NUEVA MISA DEL VIERNES SANTO

Recemos por los judíos a quienes Dios habló en primer lugar: para que progresen en el amor de su Nombre y en la fidelidad a su alianza.

  Una vez que la ‘Iglesia católica’ mediante ese “gran esfuerzo de educación”, siguiendo el plan judío, llegue a reformar su visión del pueblo deicida, predique sólo a un Jesucristo humano que viene a traer una moral de felicidad para todos los hombres, es decir, renuncie a confesar su divinidad, y reinterprete el misterio de la Trinidad, la ‘Iglesia Católica’ será, en palabras del judío Benamozegh, la encargada de propagar el noaquismo. El judaísmo considera que todo pueblo está obligado a observar una Ley universal. Esta Ley universal serían los siete mandamientos de Noé.

1.Establecimiento de tribunales de justicia para que la ley gobierne la sociedad.

2.Prohibición de la blasfemia.

3.Prohibición de la idolatría; siendo la adoración a Cristo y a  la Trinidad considerada como idolatría.

4.Prohibición del incesto.

5.Prohibición del derramamiento de sangre.

6.Prohibición del hurto.

7.Prohibición de comer carne de algunos animales.

  La nueva misión asignada a la Iglesia consistiría en evangelizar los pueblos en ese humanitarismo noáquida y propiciar su unificación. Se facilitaría la primacía romana para lograr la unidad de los cristianos, para que la iglesia católica reunificada predique una religión de la moral natural sin Cristo; por la cual sus adeptos podrían salvarse. Recuérdese que los siete mandamientos de Noé son el mínimo común de las tres religiones del libro. Los no judíos no deben de tratar de convertirse a la religión del talmud, reservada sólo a los elegidos, los judíos carnales.


  Aquí, pues, en síntesis, caminamos desde la Declaración Nostra Aetate del CV2 la senda contraria a Saulo, que se convirtió en San Pablo; nuestros pastores nos llevan de vuelta de Damasco al Sumo Sacerdote para pedirle cartas para acabar con la resistencia de los verdaderos cristianos, que confiesan a un solo Señor, Jesucristo, un solo Dios cuya substancia es trinitaria. La persecución adviene sobre nosotros. Las enormes finanzas judías fruto del gravísimo pecado de la usura contra los pobres y que clama justicia al cielo, se encargan de espabilar a los pocos renuentes que aún quedan a plegarse a las intenciones de la Sinagoga de Satanás ¡Ay ciudad de las siete colinas que has permitido que sobre tu escuálida bolsa caigan las sucias y usureras manos de los judíos deicidas! Has entregado tu preciosa libertad para la salvación de las almas a tu mayor enemigo; no es distinta tu suerte de la que el  deudor tiene con su acreedor. Sólo queda una esperanza, porque Cristo jamás abandona a su Iglesia.

 Sofronio

 Nota: El contenido de este artículo es un resumen modificado del texto de Michel Laurigan titulado del Mito de la sustitución a la Religión Noáquida con mezcla de sus innumerables notas.


Agradecemos a nuestra estimada amiga Maite C el habernos acercado el artículo.

Nota de NCSJB: Esta foto la agregamos para mostrar la larga relación de Bergoglio con la Masonería judaica B'nai B'rith, producto de la cual resulto esta profanación que desde hace muchos años hasta hoy se realiza en la Catedral de Catedrales de la Argentina.

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