San Juan Bautista

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martes, 22 de julio de 2014

Es necesario guardar el Depósito de la Fe - Por Germán Mazuelo-Leytón


Recientemente, el comentarista de un conocido canal televisivo internacional expresó con aplomo que la Iglesia Católica es intransigente porque defiende a capa y espada sus dogmas invariables.

No se oye criticar a los matemáticos que son intransigentes al defender que 2 + 2 son 4, fórmula invariable. Quisiera dicho señor que la Iglesia admitiera al divorcio, condenado públicamente por Jesús, que permitiera el matrimonio de personas del mismo sexo, que bendijera las relaciones sexuales prematrimoniales, que accediera a la ordenación sacerdotal de las mujeres. Ignora nuestro comentarista que se tiene por católico, que hay normas y verdades, enseñanzas y tradiciones que la Iglesia no puede cambiar porque no tiene potestad para ello.

Se nota que la enfermedad es antigua, tanto como la Iglesia misma, la manía de muchos de querer cambiar lo que Jesús hizo inmutable. Es muy oportuno en este sentido, la recomendación de san Pablo a su discípulo Timoteo: «Conserva el depósito de la fe, evita las palabrerías inútiles y mundanas, tanto como las discusiones procedentes de una falsa ciencia. Algunos se han alejado de la fe por dar crédito a este tipo de ciencia» (Tim 6, 20).

Comenta San Vicente de Lerins:

«¿Qué es el depósito? Es lo que tú has creído, no lo que tú has encontrado; lo que recibiste, no lo que tú pensaste; algo que procede, no del ingenio personal, sino de la doctrina; no fruto de rapiña privada, sino de tradición pública. Es una cosa que ha llegado hasta ti, que por ti no ha sido inventada; algo de lo que tú no eres autor, sino guardián; no creador, sino conservador; no conductor, sino conducido. Guarda el depósito: conserva limpio e inviolado el talento de la fe católica. Lo que has creído, eso mismo permanezca en ti, eso mismo entrega a los demás. Oro has recibido, oro devuelve; no sustituyas una cosa por otra, no pongas plomo en lugar de oro, no mezcles nada fraudulentamente. No quiero apariencia de oro, sino oro puro» (Commonitorio, 22).

La Iglesia posee verdades que ningún romano pontífice puede cambiarlas aunque quisiera. El magisterio, esta vez el Papa y los obispos, no está por encima de la verdad, por lo que no pueden cambiarla cualquiera que sea la exigencia de la sociedad. Jesús predicó disposiciones, leyes, recomendaciones y exigencias contrarias a cuanto observada la gente, que en diversas ocasiones mostró su descontento, ya apartándose de él, ya echándole en cara sus atrevimientos, pero Jesús no cambió de conducta, afirmaría siempre que su doctrina no era invención humana sino el mandato estricto y claro del Padre celestial.

El Depósito de la Fe es el fundamento de la salvación, como es asimismo fundamento del Papado y de los sacramentos. Nuestro Señor Jesucristo prometió a la Iglesia la asistencia continua del Espíritu Santo a su Iglesia:

«En efecto, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que diesen a conocer por su revelación una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, pudieran conservar santamente y enseñar fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Su doctrina apostólica fue abrazada por todos los Santos Padres y fue venerada y seguida por los Santos Doctores de recta doctrina, sabiendo perfectamente que esta Sede de Pedro, se mantiene siempre pura de cualquier error, según la promesa divina de nuestro Señor y Salvador al Príncipe de sus Apóstoles: “He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca y, cuando te recuperes, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32)» (Concilio Vaticano I en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus. DzSch 3070).

Uno podría preguntarse entonces si un Papa puede enseñar algo distinto al magisterio precedente. El mismo Sacrosanto Concilio Vaticano I, responde:

«Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe» (Dz. 1836; D.S. 3069-3070).

Luego, si un Papa enseña algo contrario al depósito de la fe, éste estaría equivocado, y podría ser legítimamente resistido por el sensus fidelium, es decir los fieles que no están exentos de ese deber. EnseñaSan Roberto Belarmino: «Tal como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o quien altera el orden civil, o, sobre todo, a quien intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirlo, no haciendo lo que él ordena y evitando que se ejecute».

Visto en: Agere Contra

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sábado, 19 de julio de 2014

Democracia, falsa redención - Por Augusto TorchSon


  Las democracias del mundo actual son definidas como el sistema de gobierno por el cual el pueblo por medio del voto elige sus representantes y de ésta manera ejerce su soberanía. Pocas veces se permite cuestionar este sistema o atreverse a considerarlo como nocivo y hasta proponer alternativas al mismo.

  El dogma de la democracia basada en la soberanía popular hoy se presenta indiscutiblemente como el ideal de gobierno y hasta el único posible; de hecho vemos como EEUU crea continuas guerras con el “desinteresado” objetivo de promover las democracias en los países que ataca. Si para tales incursiones inventa falsos atentados, armas químicas de destrucción masiva que nunca aparecen o terminar con dictaduras por más que estas tengan apoyo popular, poco importa, y la gente si bien reprueba estos métodos, termina considerando que lo que es indiscutible es que esos países necesitaban ser democratizados. Y es así que para que la democracia sea justa y buena o para que sea “democrática”, necesita del beneplácito de estos países que son los que determinan las condiciones para tal supuesto que coincidentemente tienen que ver con sus intereses en algún recurso natural u otro interés comercial en la región a democratizar. Sin embargo hoy no hay peor pecado que el ser antidemocrático.

  Observamos de esta forma que en este mundo completamente democratizado y que es cada vez más corrupto e inhumano; nunca nadie se atrevería a cuestionar a la diosa democracia, sino a la “errónea” aplicación de la misma. Y esto acontece porque ella constituye la herramienta de dominación absoluta y última de la humanidad, y esto tiene hasta un sentido teológico al llegar a ser el arma principal del Anticristo. En este punto, con toda lucidez el Dr. Julián Gil de Sagredo señala que el rasgo característico de las democracias modernas está dado por la absolutización del concepto de libertad, y así, con la exaltación del “hombre libre” es como se llega al antropocentrismo en donde ya no se pone la fe en Dios sino en el hombre. Y hoy se presenta ésta ya no solo como dogma sino como religión misma, en la cual, siguiendo con el Dr. Gil de Sagredo, la proposición de Nuestro Señor en el Evangelio al sostener “la verdad os hará libres” por la cual la verdad engendra a la libertad; se invierte para hacer que la libertad sea la que engendra a la verdad. Esto es fácilmente comprobable al ver como se aprueban por “consenso” leyes tan contrarias al orden natural, como las del aborto, eutanasia, promoción de la sexualidad desordenada en las escuelas y el mal llamado “matrimonio homosexual”; que no constituyen un bien objetivo pero están avalados por el voto democrático. Entonces esta dictadura de la mitad más uno tiene la potestad de decidir lo que es bueno. Esto es “ser dios”. Sin embargo esta soberanía popular no implica que el pueblo apoye mayoritariamente estas leyes, pero por el roussoniano concepto de “contrato social”, las personas deben delegar por convención (sufragio universal) su libertad de decidir en los gobernantes, a pesar de sujetarse al capricho de éstos porque “libremente”, deciden el pueblo someterse a la democracia.

  Hoy en día hasta en la misma Iglesia se promueve esta democracia liberal como el ideal de gobierno, y esto tiene que ver con el abandono que está haciendo la Santa Institución del deber de la búsqueda de los bienes celestiales cambiándolos por la búsqueda del paraíso terreno, paraíso socialista, mismo objetivo que fue la piedra de tropiezo de los judíos hasta llegar a rechazar al mismo Mesías que esperaban. Y es esto lo que en definitiva propone la democracia, la promesa de un paraíso a través de un progreso indefinido, y como buena democracia electoralista, está basada solamente en “promesas”. Pero hoy más que nunca el hombre moderno se aferra más a éstas que a conocer las verdades incomodas. Pero es la misma Iglesia la que rechaza la idea de gobierno basado en la soberanía popular, y así S.S. León XIII en su encíclica Diuturnum Illud enseñaba el error del gobierno con un poder que viene del pueblo, ya que se contraría la doctrina católica que enseña que todo poder proviene de Dios, como respondió Jesús a Poncio Pilatos: “No tendrías sobre Mí ningún poder, si no te hubiera sido dado de lo alto…”. La encíclica al referirse a la elección del pueblo enseña que con la misma: “…se designa al gobernante, pero no se confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer”. Pero al considerarnos como mandantes de ese poder y negándonos a ver la realidad, nos privamos de las herramientas para cambiar lo que es intrínsecamente malo, la posibilidad de la lucha por el bien, y lo peor de todo es que renunciamos a la verdadera libertad para dejarnos esclavizar por quienes “nos hacen sentir libres”.


Augusto TorchSon

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viernes, 18 de julio de 2014

Charles Maurras – Por Luis Alfredo Andregnette Capurro


  Charles Maurras, el más grande pensador político del siglo XX, falleció el 16 de noviembre de 1952, en momentos en que el canónigo Cormier, atendiendo a su pedido, le administraba los Santos Sacramentos. Para la peor historia democrática quedaban atrás dos mil setecientos cuarenta y nueve días de prisión decretados en 1945 por el tribunal integrado por “jueces” que no buscaban la objetividad sino la humillación de aquel Grande al que odiaban como encarnación de la inteligencia de Francia. Al iniciarse la parodia de justicia en 1944, el Maestro señaló a los sicarios: “Señores, yo estoy en regla con la Verdad. Vengan ahora los facciosos y los falsos testigos”. Así fue, porque en medio de la ignominia, Paul Claudel se ofreció para un falso testimonio.

  La condena a prisión perpetua mostró desnuda la cobardía que les impidió enviarlo ante el pelotón de fusilamiento […] Al entrar en la prisión de Calivaux comentó tristemente: "Es la revancha del affaire Dreyfus”. Se refería al escándalo que fue parte de la agitación radical anticatólica y antimilitar la que lo vio, pluma en ristre, integrando el bando nacional y enfrentando a los metecos y tripuntes.

  Eran sus años mozos, pues había nacido el 20 de abril de 1868 en Martigues, cuando se aproximaba el ocaso de Napoleón III con la derrota de Sedan. Una creciente sordera alejó su deseo de ser oficial de la Marina. Se refugió entonces en el arte y la literatura, cautivándolo Homero, Esquilo y Sófocles. En el estudio del pensamiento griego encontró que aquel pueblo supo desentrañar “el orden de las cosas”.

  “La literatura me ha llevado a la política”, dijo cierta vez. Es evidente que allí nació su pasión por la defensa de la belleza. Ésta, para Maurras, no era indestructible y sólo podía perdurar cuando “los bárbaros de las profundidades” no se dirigieran contra ella.

  En los finales del siglo XIX se incorporó al tradicionalismo monárquico. Había visto el peligro que la masónica república estaba haciendo, corroyendo a la Patria con los escándalos y corrupciones que agitaban la vida económica y política. Así los negociados de la oligarquía partidocrática, uno de los cuales fue la “estafa de Panamá”, otro el “caso Dreyfus”, que atacando a la Iglesia y al Ejército llevó a Francia al borde de la guerra interna.

  La fundación de la “Liga de los Patriotas” inició la respuesta, seguida en junio de 1899, con la entrada en la liza de la “Acción Francesa”. Se lo intentó herir llamándolo nostálgico. A ello replicó: “Cuando un enfermo recuerda los tiempos en que se encontraba bien, no suspira por el pasado sino por la salud”. Maurras habló siempre de una monarquía antiparlamentaria, orgánica y descentralizada, heredera de los reyes que “en mil años hicieron a Francia”.

  En la tradición está la clave del pensamiento del Maestro de Provenza. El estudio de Aristóteles, con Santo Tomás de Aquino y los principios de derecho público cristiano, le permitieron superar el recetario ideológico presente en la fatuidad demoníaca de los liberales, jacobinos y marxistas. Tuvo claro que el Origen Sagrado del Poder Real fue lo que dio continuidad a las instituciones al enraizar secularmente las libertades y afirmando por tanto su inalterabilidad. Con esta línea de pensamiento enfrentó totalmente los principios de la Subversión de 1789. De aquí que la democracia igualitarista fuera, para el gran pensador, no sólo infructífera, sino mortal. Sin vacilar afirmó: “la democracia es el mal, la democracia es la muerte… la democracia reverencia ocultamente a la anarquía que es su expresión más abierta, más audaz y más pura…” “… en las premisas de Montesquieu se encierra como herencia Kropotkin”.

  Tal fue la clave de sus mejores páginas, donde probó que las formas políticas como el liberalismo, la democracia, el socialismo, el comunismo, y el anarquismo son hijas putativas del individualismo inmanentista.

  Advirtió que el Enemigo se presenta como unidad en el desorden de la revolución, a la que calificó como “bárbara” y “antirromana”. El estudio de sus consecuencias hacia el nihilismo le mostró los orígenes liberales.

  La pasión por Francia condujo su mano a esta bellísima definición que tomamos del estudio de Henri Massis: “Una Patria lo son los campos, los muros, las torres y las casas, lo son los sepulcros y los altares; lo son los hombres vivos, padre, madre y hermanos, los niños que juegan en los jardines, los campesinos que cultivan el trigo, los comerciantes, los artesanos, los obreros, los soldados; no hay nada en el mundo más concreto”.

  Iniciada la Cruzada española de 1936, Maurras se alineó naturalmente con la España azul. Y atravesó los Pirineos. Tenía la alegría de quien lleva la Buena Nueva y en el corazón las Flores de Lis con el Yugo y las Flechas. A su lado, la poesía encarnada por Roberto Brasillach, marchaba “con el arma al brazo y en lo alto las estrellas”.

  En los años anteriores a la guerra de 1939, la lucha periodística y literaria del insigne pensador tuvo mucho de profética, alertando a una Francia desarmada moral y materialmente por el Frente Popular. En 1940 adhirió al Mariscal Philippe Pétain, en quien apareció la decisión de servir a Francia hasta el sacrificio propio. Se mantuvo sin renunciamientos enfrentando a los partisanos comuno-gaullistas.

  Luego… el Via Crucis, y el martirio en compañía de los miles victimados por el odio rojo.

  Hondo fue su sentir y punzante el ejemplo de su vida. Para él, aquí, nuestras flores de homenaje, que por provenir del alma son inmarchitables.


Luis Alfredo Andregnette Capurro


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martes, 15 de julio de 2014

Cuando la Iglesia no salva pero entretiene - Por Augusto TorchSon


  La desnaturalización de la Iglesia a la que asistimos en los últimos 50 años, en este momento está llegando a un punto en donde se nos presenta como imperativo de coherencia reflexionar hasta cuándo puede ésta seguir considerándose católica mientras continúe con la promoción de esta cada vez menos disimulada apostasía.

  Para sostener nuestra afirmación no necesitamos más que leer un buen catecismo y confrontarlo con lo que hoy se enseña. Tan básico es lo que está perdido en el catolicismo actual que inútil es dar sólidos argumentos de sana doctrina, ya que éstos siempre serán refutados con sofistas contestaciones que no apelan a la razón ni al Magisterio sino al más pueril de los sentimentalismos.

  Considerando que la misión de la Iglesia tiene que ser llevar al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, y para esto se nos exigió ir a las naciones y hacer discípulos, como no quedar atónitos cuando el Obispo de Roma, sostiene que: “No estoy interesado en convertir a los Evangélicos al Catolicismo. Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad. Hay tantas doctrinas en las cuales nunca estaremos de acuerdo. No gastemos nuestro tiempo en ellas. Más bien, tratemos de mostrar el amor de Jesús” (Aquí). Entonces según el proceder de Francisco la Iglesia Católica deja de ser Una, Santa, Católica y Apostólica para entrar a componer un sincrético conjunto de creencias donde lo importante es dejar de lado las doctrinas en las cuales nunca estaremos de acuerdo, para buscar el común denominador que, a veces es Cristo, a veces es un dios que no es católico y a veces el mismo de los musulmanes que no es trino o el de las demás falsas religiones, cuando no el "gran arquitecto" del deísmo masónico"

  En la nueva función del Papa hoy se renuncia a la de ser mediador entre Dios y los hombres y como supremo sacerdote procurar dar a todos los hombres los medios espirituales que estos necesitan para alcanzar la redención y salvarse. La misericordia bergogliana termina aboliendo el dogma de “extra ecclesiam nulla salus”(no hay salvación fuera de la Iglesia Católica) y evita predicar el verdadero Evangelio con el ánimo de no molestar a los que no están de acuerdo.

  Se podrá entonces argumentar que esas palabras las dijeron los telepredicadores evangelistas amigos de Bergoglio sin constar que de él provengan, y en similar sentido, ante una nueva entrevista con el ateo comunista Scalfari (aquí) vuelve el Vaticano a afirmar que se tergiversan las palabras de Francisco cuando en la anterior entrevista se dijo lo mismo. Lo que cabría entonces preguntarnos es ¿porqué no sale del mismo Francisco la corrección y porque reincide con gente que “supuestamente” lo malinterpreta?, sin embargo las transgresiones a la verdad católica ya salieron muchas veces de su propia boca y en incontables oportunidades como lo documentamos sobradamente.

  Lo que es indudable es que en las prédicas de siempre de Jorge Mario Bergoglio, éste nunca dejó de atentar contra la verdad de todas las maneras posibles; esto es: con el error, con la ignorancia, con la mentira y con la confusión. Y abandonando ya la obligación de cuidar el Culto Divino no queda otra cosa que entretener. Y si hay algo que ama el hombre moderno es estar distraído, le gustan los shows, y así como la televisión necesita para conseguir rating ser cada vez más procaz, más obscena ya que con el tiempo la morbosidad si no crece genera hastío; del mismo modo, observamos en la Iglesia transgresiones cada vez más groseras que encantan a las masas ignorantes, ignorantes ya no solo de la fe sino de la realidad misma. Y en este mundo paralelo y psicodélico de colores y emociones, se nos dice que se “evangeliza” omitiendo el Magisterio inmutable de la Iglesia. Y al levantar nuestras voces contra estas flagrantes acciones en contra de la Verdad Divina, se nos acusa de atacar la unidad de la Iglesia; pero entendiendo la unidad no en la fe, sino en el amontonamiento, en la Religión Universal, que no  es otra que la del Anticristo.

Augusto TorchSon



A fuerza de ver todo, se termina por soportarlo todo.
A fuerza de soportar todo, se termina por tolerar todo.
A fuerza de tolerar todo, se termina por aceptar todo.
A fuerza de aceptar todo, ¡se termina por aprobar todo.
San Agustín


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sábado, 12 de julio de 2014

La fe de Lutero: entendiendo el modernismo en la Iglesia - Por el P. Alfredo Saenz


  Según él (Lutero) la fe es esencialmente un sentimiento de confianza en la misericordia que Dios nos ha dispensado por los meritos de Cristo. Dicha confianza no es algo genérico o generalizable. Lo importante para Lutero es como se aplica al sujeto creyente: “yo creo que es precisamente a mí a quien Dios es favorable y a quien Dios ha perdonado”, lo que me lleva al “temor, la humildad, el abandono desesperado en sus brazos (…), aún sabiendo que uno está cubierto de pecados, que todo lo que hace es pecado”, consigna Kostlin en su obra La Teología de Lutero. Trátase de un complejo conjunto de “sentimientos personales” que el cristiano experimenta y que sigue experimentando. Ello hace que Lutero cultive una piedad prevalentemente sentimental, con lo que la fe, dejando de lado el contenido objetivo del “depósito”, se inclina a romper con la razón teológica. “Los sofistas – afirmaba Lutero – (es decir, la teología escolástica) ha pintado a Cristo en sí mismo, en cuanto él es Dios y Hombre; ellos cuentan sus brazos y sus piernas y mezclan maravillosamente sus dos naturalezas. Pero no es más que un conocimiento sofístico de Cristo Jesús. Porque si Cristo es llamado Cristo no es porque tenga dos naturalezas: ¡a mí que más me da! Si lleva ese nombre grandioso es a causa de la función u la obra que ha asumido. He aquí lo que le da su nombre. Que por naturaleza sea Dios y Hombre, eso le importa a él; pero en cuanto por su función se vuelve hacia mí, él derrama sobre mí su amor, él es mi Redentor y mi Salvador, mi consolación y mi bien”. Eso es lo importante para Lutero: el Dios de la fe, el Dios para mí. El Dios de la razón, en cambio, un Dios-en-sí, un Dios pujante, omnisciente, omnipotente, inefable, no le interesa. Que se queden con él los teólogos, los “sofistas” católicos. No es a “este Dios-en-si – afirma Lutero – a quien se dirige”. Sólo quiere representarse a Dios “en cuanto por su función se vuelve hacia mí”.

  Como consecuencia de semejante actitud, tozudamente sostenida, ante el misterio de Cristo, Lutero no solo divorcia la fe de la razón sino también del comportamiento ético. Si la fe consiste en “tomar conciencia” de la misericordia de Dios que “nos mira como justos”, aun sin serlos, si las obras no son capaces de ayudar a la fe, ni de contribuir a extinguirla, la fe de hecho se separa de la moral. Admitido que la sola fe justifica, la práctica moral entra en un cono de sombra.

  Como se ve por los textos transcriptos, en la concepción religiosa de Lutero se deja advertir un doble y complementario sentido: en la “verdad religiosa” ante todo, predomina lo que “yo siento” sobre lo que “me viene dado”; y, en segundo lugar, esa verdad se construye “a la medida de mi yo”. Dios interesa no por lo que es, soberano y objeto de adoración, sino en cuanto “me interesa”, en cuanto calma “las inquietudes de mi conciencia”, en cuanto “soluciona mis problemas personales”. Dios acaba por convertirse en “algo que satisface las necesidades humanas”. Por eso, acota García de Haro, “si bien Lutero pensó que seguía inmerso bajo el signo de la trascendencia divina, en realidad iniciaba un proceso de absolutización del “yo”, de autodivinización, a partir de la propia conciencia”.

  ¿Quién podría negar que Lutero fue un hombre profundamente religioso? Con todo, para llevar adelante su lucha ascética personal prefirió volverse sobre sí mismo. De ahí que aunque pensaba seguir buscando a Dios, en realidad sólo se buscaba a sí mismo. Dios no era el fin último de sus anhelos, sino un instrumento de su personal promoción.  Cuando afirma “a mí que más me da” que Cristo tenga dos naturalezas – “esto le importa a él”, acota -, está subordinándolo y poniéndolo a la medida del hombre. Que no se interponga pues, el magisterio de la Iglesia entre Cristo y yo. Si la revelación es algo estrictamente individual, incomunicable, ¿cómo admitir que una autoridad exterior, por sagrada que se pretenda, pueda mediar entre Dios y él para comunicarle ésta revelación que él solo percibe, y menos aun, para interpretarla? El Dios trascendente, el Dios en sí, explica García de Haro, le resulta opresivo, y por tanto inconscientemente intenta destruir a ese Dios. En un libro que Federico Jacobi, filosofo alemán abrevado en las corrientes del sentimentalismo, publicó en 1816, decía: “para que cualquier ser pueda llegar a convertirse en un objeto completamente comprendido por nosotros, debemos suprimirlo y aniquilarlo en el pensamiento como objeto, como realidad subsistente en sí, para transformarlo en algo subjetivo, en una criatura nuestra”.

  Por lo que el autor español concluye señalando “la connaturalidad de la lectura luterana con los sectores extremos del modernismo.  Todo giro subjetivizante ante la fe (…) a una rebelión frente al principio de la autoridad en la Iglesia (…) A la vez implica una reforma de la doctrina de la fe, donde la «experiencia interior» priva sobre el «don» sobrenatural; donde la fe tiende a confundirse con el sentimiento religioso y a perder todo contenido intelectual «dado»; en fin, donde se le reduce además, a algo «privado», «individual» e incapaz de «informar» la propia vida o de la sociedad”. Lutero invirtió la estructura del acto de fe, anteponiendo al don recibido la propia experiencia personal, la propia conciencia. De éste modo procederían los modernistas. Se entiendo así porqué el modernismo pudo ser colocado por Pio X en la línea dinámica que va del protestantismo hacia el ateísmo total. La subjetivización de la fe conduce tendencialmente no solo a la disolución de lo sobrenatural sino también de la religiosidad natural.


Alfredo Saenz – “El Modernismo: Crisis en las venas de la Iglesia” Ed. Gladius 201. Págs. 50-53.


Nota de NCSJB: el título del artículo es nuestro.


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jueves, 10 de julio de 2014

Los crímenes de los "buenos" - La traición de los Aliados a Polonia - Por Carlos García

  El 1° de septiembre de 1939, las fuerzas alemanas irrumpieron en Polonia. Ese día, a las 21.30, Inglaterra en virtud de la garantía que – junto con Francia – brindó a Polonia, emitió el primer ultimátum; el día 3, a las 9:00, lanzó el segundo y a las 11:15 del mismo día se declaró en estado de guerra con Alemania.

  No pondremos énfasis aquí en la justicia o no del reclamo alemán ante Polonia, consistente en la ciudad de Danzig y un corredor (o autopista) que la vinculara con Prusia oriental.

  Sabemos que se dividen aquí los argumentos a favor de uno y otro en el marco de esta disputa. Es innegable que Polonia se consideraba con derecho a resistir toda pretensión sobre territorios que entendía propios o bajo su jurisdicción, pues le fueron asignados como tales. Por otra parte, también es razonable que Alemania reivindicara tierras que le habían pertenecido y le fueron cercenadas en un grosero tratado de paz cuestionado por todo el mundo.

  Peter Kleist (“Tú también, Mr. Churchil…”) nos recuerda las expresiones del entonces Primer ministro Británico, Lloyd George, frente a la entrega de Danzig al control polaco: “La injusticia y la arrogancia que se ejercen en el momento de la victoria, jamás serán olvidadas ni perdonadas. La proposición de la comisión polaca de someter 2.100.000 alemanes a la vigilancia de un pueblo que profesa otra religión, el cual hace cerca de 300 años que no ha tenido una soberanía independiente, conducirá, en mi opinión, más pronto o más tarde a una nueva guerra en el este de Europa”.

  Hitler había intentado un acuerdo con Inglaterra que le dejara las manos libres en sus pretensiones sobre Polonia. Al no logralo, suscribió el Pacto de No agresión con Rusia. Era menester desactivar alguno d elos dos fretnes y, muy a su pesar, debió optar por el ruso.

  Afirma Ennio Innocenti: “Que Inglaterra quisiese entonces la guerra por un cálculo estratégico que resguardaba sus intereses, parece evidente examinando el comportamiento que tuvieron los diversos países frente al problema de Danzig y del famoso “corredor”. Cuando Hitler pidió a Polonia que le fuese concedida la posibilidad de construir una autopista y una vía férrea que uniesen la ciudad a Alemania (de esto se trataba prácticamente), se topó con la inflexibilidad de este país, que había recibido garantías (¡se ha visto luego cuanto valían!) de Francia y de Inglaterra para que no cediese. Estos dos países trataron de entenderse con la U.R.S.S., pero en este sucio juego tuvo éxito Alemania, que alcanzó a establecer un acuerdo secreto con la U.R.S.S: para el reparto de Polonia en caso de guerra” (“La conversión religiosa de Benito Mussolini”).

  Sabido es que el resultado de una guerra suele modificar las pretensiones diplomáticas, como bien señala Irving, Hitler “pedía como mínimo la devolución de Danzig y la solución al problema del Corredor, como máximo pedía lo que la guerra pudiera traerle” (“El camino de la guerra”).

  El Pacto de No Agresión suscrito con la U.R.S.S., establecía, sustancialmente, que tanto Alemania como la Unión Soviética se obligaban a desistir de cualquier ataque entre ellos, en forma individual o conjuntamente con otra potencias. Otras cláusulas de información y arbitrajes por el estilo.

  Conjuntamente se firmó el Protocolo Adicional y Secreto, que contiene el reparto de Polonia entre Rusia y Alemania y la asignación de las zonas de influencia de ambos en Europa del este. En lo que a Polonia respecta, el artículo segundo del protocolo establecía que: “En caso de llegarse a un arreglo territorial y político en el área perteneciente al Estado polaco, las zonas de influencia de Alemania y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, serán señaladas aproximadamente según la línea de los ríos Narew, Vístula y San”. La suerte de Polonia quedó sellada.

  El 17 de septiembre de 1939, Rusia invadió Polonia. Así lo recuerda quien fuera en aquel tiempo ministro polaco y luego primer ministro, Stanislaw Mikolajczyk: “Pero fue una traición calculada. El Ejército Rojo ocupó toda la Polonia oriental y no se detuvo hasta que se unió con los nazis en el centro de nuestro país. La línea de separación Norte-Sur, que estaba concertada desde hacía algunas semanas por Ribbentrop y Molotov se ensañó en nuestra derrota. Hablando de la U.R.S.S., el 31 de octubre de 1939, este vehemente personaje rindió pleitesía a la colaboración de su país con Alemania, que con sus operaciones combinadas había conquistado Polonia, y exclamó: “Ya no queda nada del ese monstruo bastardo nacido del Tratado de Versalles”.

  No obstante de tratarse de una agresión de naturaleza similar a la alemana, acordada y nacida en el mismo acto, Inglaterra no declaró la guerra a la Unión Soviética en flagrante violación a la alianza defensiva que la unía con Polonia. Londres “Hace suyos los argumentos soviéticos de que el Estado polaco prácticamente ha dejado de existir e incluso Churchill declara que los soviets ha ocupado unas regiones que no les corresponde no por la fuerza, sino en derecho”.

  Años después, en sus memorias, afirmaba Curchill: “Así todo acabó en un mes, y una nación de treinta y cinco millones de almas cayó entre las implacables garras de los que no sólo ansiaban la conquista, sino la esclavización y hasta la extinción de grandes masas de gentes”, pero que por conveniencia “…no expresé libremente la indignación que sentía… ante la brutal e insensible política rusa”. ¡Cuánta hipocresía en quien había perdonado a Rusia todos su crímenes al convertirse en su aliado!

  A los polacos no los engañó la diatriba de Churchill. Su primer ministro Mikolajczyk recordó: “Fuimos vencidos incluso antes de que terminara la guerra porque fuimos sacrificador por nuestros aliados, Estados Unidos y Gran Bretaña”. Más adelante relata, no sin marcada amargura e impotencia: “En la situación en que nos hallábamos, en escala inferior a Churchill y Roosevelt, nuestra posición empeoró. Se nos comunicó que no hiciéramos ningún gesto ni declaración que pudiera molestar a Stalin… Se nos impuso un silencio cada vez más intolerable ante las acusaciones de que empezaron a hacernos objeto los Soviets, por ejemplo insinuando, al principio vagamente, más tarde con afirmaciones rotundas, que Polonia abrigaba proyectos imperialistas contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.

  La presión inglesa sobre los polacos para que no realizaran acción alguna que pudiera molestar a sus socios rusos, llevó a Stanislaw Grabski – socialista miembro del Consejo Nacional Polaco – a formular su dramático pedido: “Yo les pido a nuestros amigos ingleses que no aconsejan con las mejores intenciones que entreguemos a la Rusia soviética nuestros territorios orientales que se hagan a sí mismos la pregunta si es correcto y justo condenar a millones de personas que tenían en Polonia su propiedad privada, protegida por el estado, libertad de hablar, de asociación y de expresar sus opiniones políticas, y la seguridad de una educación religiosa para sus niños en la escuela, si es correcto y justo condenarlos a la pérdida de todos esos derechos, entregándolos a un estado totalitario, que no reconoce el derecho a tener propiedades particulares, en donde un hombre puede ser enviado, sin que se le procese (como me pasó a mi), por simple orden administrativa, a un campo de trabajos forzados por ocho años, y en donde en las escuelas se les enseña ateísmo”.

  Grabski escribía esto antes de terminada la guerra, no sabía todavía que la concesión de los Aliados a Rusia iba a ser infinitamente mayor que el territorio oriental de Polonia.

  El mariscal de campo Montgomery recuerda: “La tinta todavía estaba fresca en el pacto, cuando Stalin comenzó a mostrar su juego. Decoró tres estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), la parte oriental de Polonia, una porción de Finlandia, Besarabia, Bucovina ciertas islas del Danubio. Todas estas conquistas territoriales tuvieron lugar en momentos en que Rusia estaba asociada a Alemania. Posiblemente alarmaron a Hitler…” (“Hacia la cordura”)

  Mikolajczyk concluye en la mayor perversidad rusa, sobre la evidencia denunciada por los alemanes: “Hitler intentó mandar él y servirse de alemanes para administrar; Stalin, en cambio, manda por medio de cabecillas rusos colocados en los puestos de control y administra con traidores, corrompidos o débiles súbditos del país que quiere gobernar. Actualmente en Rusia, hombres y mujeres de todas las naciones son educados y se les enseña para el día que vuelvan a sus países de origen, para gobernar bajo el mando directo de Moscú… Porque Stalin, verdadero genio del mal, posee un poder con más eficacia que el de cualquier otro tirano en la historia. E intenta conquistar el mundo”.

  Superado por los hechos, Winston Churchill debió reconocer en sus “Memorias”: “No veo ninguna interrupción en la continuidad de mi pensamiento sobre este gran dominio. Pero en el reino de los hechos han recaído sobre nosotros vastos y desastrosos cambios. Las fronteras polacas sólo existen de nombre, y Polonia yace palpitando en la garra ruso-comunista. Alemania, en realidad, ha sido partida pero sólo mediante una horrible división en zonas de ocupación militar. Sobre esta tragedia cabe decir: “NO PUEDE DURAR””. ¿No pudo durar?

  Cuánta razón tuvo Montgomery cuando analizó la conducta británica en el conflicto y concluyó: “Lo bueno de ganar la guerra es que uno no termina ahorcado”.


Revista Cabildo – 3° Época – Año XII – N° 107 – Julio 2012



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 7 de julio de 2014

LA VERDAD NO CAMBIA - Por el Padre Nicholas Gruner


Si perdemos el dogma, perdemos nuestra alma
La Fe es soberana

  El depósito de la Fe es el fundamento de nuestra salvación. Es el fundamento del papado. Es el fundamento de los sacramentos. Si el depósito de la Fe no es salvaguardado, no hay nada en la Iglesia que se libre del ataque. Esa actitud de importancia principal de salvaguardar todos y cada uno de los dogmas de la Fe no es solo mi opinión. Es la enseñanza solemne de la Iglesia Católica. Uno de los Credos católicos que todos estamos obligados a creer, comienza como sigue: “Quien quiera salvarse, necesita sobre todo guardar la Fe Católica; a menos que cada uno la preserve una e inviolada, perecerá sin duda en la eternidad”. (D.S. 75)

  Esta obligación sobrepasa la ley de la caridad para con el pobre o con nuestro prójimo – está ante todas las buenas obras. La obligación respecto a la Fe es más importante que el respeto o la deferencia debida al Papa, a los obispos, sacerdotes o familiares y amigos. San Pablo dijo: “Pero aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema”. (Gal. 1:8) Nosotros no debemos escuchar a tales predicadores, quienes contradicen las enseñanzas católicas tradicionales.

  ¿Qué será de nosotros, especialmente en este tiempo de Apostasía General, si no amamos la verdad por sobre todos nuestros prójimos, sobre el amor que debemos a nuestros sacerdotes y obispos, sobre el amor que debemos incluso a los Papas? ¿Que será si nosotros no amamos la verdad por sobre la riqueza, la posición y el respeto humano? Entonces nosotros podemos caer bajo la consiguiente maldición de Dios: “...y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición por no haber recibido el amor de la verdad que los salvaría. Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la verdad, se complacen en el iniquidad”. (II Tes. 2:10-11)

  Esta recuperación de la certeza, de la importancia vital y de la necesidad absoluta de las verdades dogmáticas como fueron definidas infaliblemente para todos los tiempos, es crucial para que la gente no sea ganada por la apostasía general que nos rodea.

  Para salvar nuestra alma no es suficiente seguir a este o a aquel sacerdote, a este o a aquel Cardenal u obispo – ni siquiera a este o a aquel Papa – sin importar cuán aclamados ellos sean, si contradicen un dogma infaliblemente definido.

  Algunos sacerdotes y maestros ignorantes dicen, “Nosotros no prestamos atención a las definiciones dogmáticas de una época anterior; nosotros seguimos ‘el Magisterio Viviente’”…

  Estos guías ciegos razonan como sigue: Dios está complacido con nosotros porque somos humildes, porque somos obedientes, y Dios se complace de aquellos hombres como el Papa y el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe que están sobre nosotros. Esas personas dicen que es usted quien no se somete, quien está en el error, quien será castigado por Dios por no creer en el ‘Magisterio Viviente”.

  Tal pensamiento es, en realidad “la operación del error” para “los destinados a la perdición” (ver II Tes. 2:10-11) que “Dios le envía” porque ellos “no creyendo en la verdad, se complacen en la iniquidad”.

  ¿Permitiría Dios a una persona ser engañada de esa forma? ¿Como podría Él...? se pregunta alguno. En respuesta, nosotros tenemos la enseñanza de San Juan Eudes y de la Sagrada Escritura.

  San Juan Eudes explica que los castigos más terribles que Dios puede enviar a su pueblo son para los malos sacerdotes (lo que obviamente incluye a los malos obispos, Cardenales e hasta incluso a un Papa). He aquí lo que dice San Juan Eudes:

  “La marca más evidente de la ira de Dios y de los castigos más terribles que Él puede infligir al mundo se manifiestan cuando Él permite a Su pueblo caer en manos de un clero en el que hay sacerdotes más en el nombre que en los hechos, sacerdotes que practican la crueldad de los lobos feroces más que la caridad y afecto de los pastores devotos...

“Cuando Dios permite tales cosas, es una prueba positiva que El está profundamente enfadado con Su pueblo, y está (descargando) Su más espantosa cólera sobre ellos. Por eso El pregona incesantemente a los cristianos, Volved, oh vosotros, hijos rebeldes... Yo os daré pastores según Mi corazón. (Jer. 3:14,15). Por eso, las irregularidades en la vida de los sacerdotes constituyen un flagelo sobre el pueblo a consecuencia del pecado”.

  …Debemos recordar que Dios nos envía castigos y expiaciones y advertencias en esta vida, como apunta San Alfonso, para que prestemos atención a sus advertencias mientras aún haya tiempo, antes que sea demasiado tarde para nosotros. Los escándalos en el clero son signos claros que Dios alcanzó sobradamente el límite de sus advertencias. Ese tiempo ha llegado a su fin; nosotros al menos debemos tenerlo en cuenta haciendo penitencia por nuestros pecados y rezando muy fervientemente pidiendo a Dios gracia y misericordia en este tiempo, para nosotros al igual que para todos aquellos encomendados a nuestro cuidado. Pero esos escándalos no están limitados a los sacerdotes y obispos corruptos. Peor aún es la corrupción de nuestra Fe Católica por los supuestos “defensores de la Fe”. Aquellos que pretenden que el “Magisterio viviente” tiene prioridad sobre las definiciones dogmáticas infalibles, inmutables, y están descarriando incontables almas hacia el infierno.

  La perversión de sacerdotes, obispos y Cardenales que nos dicen que no hay necesidad de convertir a los no creyentes a Fe Católica es una perversión mayor que la pedofilia – tan horrible como es la pedofilia. La herejía – incluso si es promovida por Cardenales del Vaticano, incluso si ésta fuera implícita o explícitamente respaldada por el Papa – no cambia un ápice la perversidad de tales enseñanzas. Aquellos quienes defienden esas enseñanzas del “Magisterio viviente”, o bien ha perdido su Fe, o han sido completamente ignorantes de todos esto durante todas sus vidas. Pero su ignorancia no necesariamente los excusa del pecado grave en esta materia.

  La Fe Católica – el depósito de la Fe transmitido a nosotros por Jesucristo en el que todos los católicos deben creer para salvar su alma – nos enseña entre otras cosas que:

1) Dios es el autor de nuestra Fe.
2) Se debe creer en Dios porque El nos enseña la Verdad.
– Como Dios es omnisapiente, El no puede equivocarse o o tener solo una parte de la Verdad;
– Como Dios es todo santo, El no nos puede mentir. El puede permitir que seamos engañados porque nosotros no amamos la verdad, pero El no puede mentirnos.
3) Desde que Dios nos dice la verdad y como todos y cada uno de los artículos de la Fe son ciertos porque Dios los ha revelado, se sigue que:

a) Lo que fue cierto en el 33 aD. es tambien es cierto en el 2003 a.D.
b) Lo que fue definido como verdadero por la Iglesia
• en 325 a.D. en Nicea
• en 1438-45 a.D. en Florencia
• en 1545-1565 a.D. en Trento
• en 1870 en el Vaticano I      

todavía es cierto hoy.

  Eso es, que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. Así, cuando el Concilio de Florencia define que ni los judíos, ni los herejes, ni los cismáticos entrarán en el Reino de Dios a menos que se arrepientan de su error antes de morir, luego eso es verdad para todos los tiempos.


  

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viernes, 4 de julio de 2014

Tópicos Modernistas – Por el P. Santiago González Alba (Adelante la Fe)


 Revisión telegráfica de los tópicos modernistas: Anunciemos la Verdad Católica


 A cada tópico modernista hay que responder con la Verdad Católica. En este artículo se hará una revisión básica de los más extendidos hoy. se entrecomilla el tópico:

1: “La verdadera Iglesia de Cristo es sólo la de los tres primeros siglos, y enlaza luego con el Concilio Vaticano II”.  Supondría la interrupción de la sucesión apostólica y el rechazo a la tradición de la Iglesia.

2: “La Iglesia entre el siglo IV y el XX languidece en su etapa más oscura”. Resulta que en esa etapa “oscura” se proclaman los principales dogmas de fe y se desarrolla provechosamente toda la estructura visible de la Iglesia.

3: “La Iglesia no ha sido fundada por Cristo”. Entonces, ¿quién la ha fundado?……..no sólo ha sido fundada por Él sino que la Iglesia es Su CUERPO MÍSTICO

4: “La Iglesia no ha de pretender que todos formen parte de ella”. Pues en ese caso no tendría sentido el mandato misionero universal de Nuestro Señor al pedir “id por todo el mundo y bautizad a todos” (Marcos 16, 15)

5: “En la Misa no hay ningún sacrificio. Es sólo banquete”. Afirmar eso es despreciar el sacrificio de Cristo en la cruz, a causa de nuestros pecados, y, por ende, eliminar toda lucha ascética contra el pecado y el egoísmo ya que, según dicen….”todos estamos salvados”.

6: “En la Iglesia no hay un sacerdocio ministerial”. Esa afirmación, más o menos velada, es un aval de la herejía luterana con todos sus efectos desastrosos para la humanidad. “Dejad un pueblo sin sacerdote (decía el Santo Cura de Ars” y acabarán adorando a las bestias”

7: “Es una soberbia creer que se puede ofender a Dios pecando”. Esa idea en si es contradictoria: pues se afirma lo mismo que se niega. Esa idea niega la libertad humana personal y deja sin explicación a Cristo sufriendo en vida por los pecados de los hombres. Además esa idea humaniza la fe religiosa privándola de todo contenido trascendente.

8: “La Santidad es un Don y no una Tarea”. Esa afirmación determinista proyecta un ser humano incapaz de hacer el bien desde su libertad y con la ayuda esencial de la Gracia Sacramental. A la vez esa idea destruye toda devoción a los santos e incluso a la Virgen María.

9: “Jesucristo no es Redentor sino Liberador, y esa liberación se hace real en su Resurrección”. Es el típico tópico la la llamada “espiritualidad solo pascual”. La muerte en la cruz de Cristo aparece como algo accidental que nada tiene que ver con nuestros pecados. De ese modo el ser humano queda “liberado” de toda responsabilidad moral al no ser capaz por si mismo de nada bueno ni malo. Esa afirmación es letal para la vida cristiana, pues convierte al ser humano en un siervo de Dios a la fuerza y no le da opción de ser un amigo de Dios desde la libertad.

10: “Todos estamos salvados por la misericordia de Dios”. Esa afirmación niega la misma Palabra de Cristo que en muchas ocasiones llama a la conversión y previene del infierno como opción segura si no se es fiel. Esa idea quizás sea la herejía que mayor daño está haciendo hoy en las conciencias, drogando las mismas desde una dulce mentira y a la vez ahogando todo esfuerzo moral que se calificaría de “pelagiano”.

11: “La transubstanciación en la Misa es un concepto superado”. Se trata de recalcar, al estilo protestante, la sola presencia real de Cristo en la asamblea de oración en común, reduciendo la Eucaristía al símbolo o signo. Por lo que se niegan las mismas palabras de Cristo en le Cena del Jueves Santo, y a la vez se desprecia hasta lo insuperable el infinito regalo de su presencia real en todos los Sagrarios del mundo.

12: “La Confesión no es necesaria porque Cristo nos perdonó a todos en la Cruz”. Tremenda y sutil herejía, adornada de una aparente bondad muy en conexión con el pensamiento posmoderno. Este tópico niega al mismo Jesucristo que instituyó este sacramento antes de ascender al Cielo y tras su resurrección (Juan 20,19).

Como puede verse, todos los tópicos modernistas……….y hay muchos más porque el modernismo ataca a TODA la doctrina cristiana…..tienen una muy sencilla respuesta desde la Verdad. Pero de forma increíble se han ido extendiendo por el tejido de la cristiandad como un cáncer maligno con aspecto de disfraz humanista. Y a nosotros nos corresponde (a todos lo católicos) no sólo no comulgar con ruedas de molino sino además ayudar a otros (Caridad Fraterna) a no dejarse engañar por estas mentiras con apariencia de bondad.



Agradecemos a nuestra amiga Maite C el acercarnos el artículo.


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jueves, 3 de julio de 2014

LA NUEVA IGLESIA, TIRANÍA PROMETEICA - Por Flavio Infante


Como complemento a la anterior entrada, ofrecemos aquí un dato esclarecedor de aquello que podría llamarse la "distorsión populista del Santísimo Sacramento" en la persona del pontífice reinante. Lo tomamos de un muy jugoso artículo de Maurizio Blondet disponible aquí, cuya traducción no podemos ofrecer en toda su extensión por imposibilidad material.

Ocurrió después de la Asamblea General de los obispos italianos, a fines de mayo pasado, cuando el Papa se dispuso a responder a las preguntas que le fueran formuladas por los prelados allí presentes. «Muy contentos los obispos italianos han rivalizado haciendo preguntas que complaciesen a Francisco -en otros tiempos se la hubiera llamado una "justa de adulación"-, en realidad para obligarlo a explicitar su teología implícita, que los obispos arden por aplicar en sus diócesis, para instaurar la nueva iglesia según sus desiderata. Y hete aquí lo que escribió el 23 de mayo el vaticanista de La Stampa Marco Tosatti; éste registra la cuestión, puesta en términos "desesperados" por el obispo de una pequeña diócesis (cuarenta mil habitantes) que se lamentaba de que una parte del clero es "conservadora" y no quiere dar la comunión en la mano. El Papa le ha aconsejado que aplicase severas medidas disciplinarias, porque "no se puede defender el Cuerpo de Cristo ofendiendo el Cuerpo social de Cristo"».

Esta última definición no es nueva en boca de Francisco, que ya en otras ocasiones gustó de identificar el misterio de la Encarnación del Verbo con la "carne de los pobres", y supo asimismo señalar -en uno de sus habituales saltos dialécticos sin ulteriores explicitaciones- que el delito de la trata de personas "ofende al Cuerpo de Cristo". Nótese, además, la exhortación a aplicar "severas medidas disciplinarias" contra aquellos clérigos que guardan la debida disciplina de los sacramentos. Tampoco esta peculiar praxis sorprende ya a nadie.

La lenta deriva de la doctrina vigente acerca de la Iglesia como Cuerpo Místico en un vidrioso «cuerpo social» hizo su fortuna desde los días de Juan Pablo II, quizás el primer pontífice que llamó a la Iglesia «el cuerpo social de Cristo en la unidad de todos los miembros de la comunidad eclesial» (Audiencia general, 20-11-1991). Si es lícito deducir de ello el maltrato de que se hace objeto al Sacramento, que lo juzgue Aquel que se oculta detrás de las Sagradas Especies. Lo que nos parece obvio es la inspiración inmanentista, antropocéntrica, de esta transposición semántica. Y la escala que, por vía de metonimia y de embozo, puede verificarse entre "pueblo" y "hombre", y entre éste y "yo". En ese insistente y doble recurso de nimbar al pueblo y degradar a Dios lo que se oculta es ese improbus amor sui que señalara san Agustín, el amor desordenado de sí mismo. Es el sello inequívoco de los tiranos.




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martes, 1 de julio de 2014

Dios comprende la debilidad, pero se disgusta con la obstinación – San Alfonso María de Ligorio


  Dice el Salmo 102 que el Señor tiene misericordia de nosotros porque sabe que qué barro hemos sido hechos. Pero lo que no acepta de ninguna manera el buen Dios es la mala voluntad. Se llama obstinación o pertinacia el querer seguir tercamente pecando, sin importarle malas consecuencias que esto trae.


El caso Sansón

  Tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe. Así le sucedió a Sansón. Fue avisado varias veces de que no le convenía tener amistad con una mujer de otra religión y siguió tercamente tratando a Dalila. Y como las primeras veces pudo librarse de las trampas de los enemigos, se imaginó que podía seguir por ese mal camino, y ya sabemos cómo terminó: le sacaron los ojos y fue reducido a la esclavitud, porque Dios se cansó de ser tan seguidamente desobedecido por Sansón, y le retiró su espíritu y quedó hecho un pobre hombre desamparados y sin fuerzas.

  Es que se sigue cumpliendo aquello tan impresionante que dice el Libro del Eclesiástico: “Al seguir pecando no te hagas ilusión diciendo: “¿he pecado y que me ha pasado?”. Porque Dios es paciente, pero también castiga. Y estalla de pronto su ira y no te quedarás sin ser castigado” (Ecl.5). Es lo mismo que dice el Salmo Segundo: “Sirvan al Señor con temor, no sea que se disguste y vayan a la ruina. Porque se inflama de pronto su ira”.

  San Gregorio dice que le consta el caso de muchos que se obstinaron en seguir pecando, con la esperanza de que un día se convertirían y que murieron sin convertirse. Y puede ser que Dios le les diga aquellas palabras del Libro de los Proverbios: “Yo los llamé y dijeron que no. Les tendí mi mano y no me quisieron prestar atención. Despreciaron mis buenos consejos y no hicieron caso de mis reprensiones. Ahora cuando les llegue la tribulación y la angustia, me llamarán y ya no les responderé” (Prov. 1,24s).

  Dice el Libro de los Proverbios: “Como el perro que vuelve a su vómito, así de antipático es el que vuelve repetidamente a cometer sus pecados” (Prov. 26,11). Y San Pedro dice que a estos pecadores les sucede como a una puerca o cerda que después de que la levaron con agua limpia se va a revolcar en el barrizal inmundo (2 Per. 2,22). Y es que en verdad es asqueroso para Dios el pecador que sigue obstinado, terco, en su costumbre de pecar, y que no hace nada serio por apartarse de esa perversa costumbre…

  Cuanto más ha ofendido una persona a Dios, tanto más debe tener temor a seguir ofendiéndole, porque puede ser que ya esté para colmarse la medida de los pecados que el Señor, ha resuelto tolerarle, y le llegue el castigo de la Justicia Divina.



San Alfonso María de Ligorio “Preparación para la muerte y la eternidad” – Ed. Mundial n°313. 3° Ed. Colombiana. Págs. 194-197.


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EL PUEBLO (sive mundum, vel homo), AUREOLADO A LA SAZÓN - Por Flavio Infante


En esta lenta pero segura transición de siete siglos, poco más o menos, desde la diáfana luz alcanzada en Occidente en los días de su apogeo espiritual (con la Summa y las catedrales, con el influjo eficaz del monasticismo y la presencia de reyes santos en sus respectivos tronos, tales Luis IX de Francia y Fernando III de Castilla y León, o de Isabel de Hungría y su homónima de Portugal), cumplido el paso de aquel esplendor cenital al cerrado eclipse de los días que vivimos, viene a verificarse en nuestros días un curioso fenómeno que podía no haber estado en la proyección de nadies en sus pormenores, pero que se presenta inocultable a nuestra vista.

Se sabe que la política decididamente anticlerical que cundió en todas las latitudes del mundo cristiano luego de la Revolución Francesa (la Joven Europa y el  Kulturkampf, y la epidemia liberal todo a lo largo de las naciones hispanoamericanas, entre otros extravíos) se vio acompañada por aquel que podría decirse el "quintacolumnismo" en el interior de la Iglesia. Si otrora los desvíos doctrinales provocaban cismas y escisiones, los tiempos nuevos, por el contrario, vieron medrar en el seno mismo de la Iglesia la más amplia y difusa heterodoxia sin que los reos de tal crimen, descubiertos y aun excomulgados en innúmeras ocasiones, se avinieran a separarse de la misma por propia voluntad. Ni faltaron casos de obediencia fingida a las reconvenciones manadas por varios sucesivos papas o el propio Santo Oficio, como ocurrió casi sistemáticamente durante la crisis modernista que debió combatir san Pío X.  Incluso un intelectual ajeno a la Iglesia como Benedetto Croce supo señalar cómo, en el llamado «catolicismo liberal», la cualidad sustantiva se había trasladado al adjetivo: lacónica constatación de la artera sustitución que estaba en trance de operarse, y de cómo ese elemento enemigo del nombre católico ya avanzaba una sutil usurpación de los ajenos títulos. Otra vez aparece confirmado, en el orden del espíritu, ese proceso que podría compararse al «degradado» del color, por el que de un color inicial se llega a otro a través de transiciones cromáticas apenas perceptibles. Aplicado a la vida de la Iglesia de estos últimos siglos, equivale a lo que Bakunin dijo de Lamennais con ánimo de exaltarlo: «si hubiese vivido más, se habría vuelto ateo».

El llamativo fenómeno, después de varias generaciones de asedio ora frontal ora insidioso en el que el enemigo no dudó en valerse de todo género de artimañas para obtener el desprestigio y la irrisión de la Iglesia, es ahora el de querer ser admitido en su seno sin el presupuesto de la fe; el de exigir la comunión sin renunciar al escándalo, al pecado público; el de reclamar como un derecho civil lo que de suyo es don sobrenatural. Y este sorprendente interés por verse integrado en la Vilipendiada (o en "la Infame" de Voltaire) es correspondido como nunca antes por una vasta constelación de jerarcas que -y más notoriamente después de la elección de Francisco- se han quitado la máscara para exhibir triunfales sus vergüenzas. Como mandriles, a traste descubierto, ahí las tenemos a esas Eminencias galas capaces de integrar una tribuna con la progresía más recalcitrante, manifestantes por escrito que «ninguna doctrina, ninguna religión, ninguna ideología, ninguna ciencia, ninguna cultura, puede reivindicar para ella sola la propiedad de la verdad». Ahí está el cardenal Baldisseri, anticipando la ya conocida línea directriz del próximo sínodo de los obispos, en el que se promoverá la «pastoral de misericordia» para con los divorciados y "casados" del mismo sexo, cosa por lo demás ya bastante apuntada en la encuesta girada a todas las diócesis del mundo y en el Instrumentum laboris de cara al sínodo, de reciente publicación. En éste, por tomar un botón de muestra, allí cuando se propone sin sonrojos el demencialísimo problema de «la transmisión de la fe a los niños en uniones de personas del mismo sexo» se lee, v.g., que «es evidente que la Iglesia tiene el deber de verificar las condiciones reales para la transmisión de la fe al niño. En el caso de que se nutran dudas razonables sobre la capacidad efectiva de educar cristianamente al niño de parte de personas del mismo sexo (sic!), hay que garantizar el adecuado sostén, como por lo demás se requiere a cualquier otra pareja que pida el bautismo para sus hijos. Una ayuda, en ese sentido, podría venir también de otras personas presentes en su ambiente familiar y social». Rendidos a los hechos o patrocinadores de los mismos, como en el clásico problema de la primacía del huevo o la gallina, la indecorosa actuación de nuestros pastores es ya un índice suficiente de la perversión francamente insuperable de la inteligencia católica, que ya no tiene nada de católica ni de inteligencia.

La asimilación de las más tornadizas máximas mundanas por parte de los hombres de Iglesia -incluso de aquellas inmediatamente reñidas con los principios inmutables del ser-, casi digno objeto de la llamada «epidemiología psiquiátrica», señala el punto en el que Iglesia y mundo, muy a diferencia de cuanta lección escriturística verse sobre el particular (Jn 16,33; St 4,4, passim) ya no se distinguen. El mundo acaba por volverse iglesia, y el testimonio de la Iglesia se esfuma, se evapora en atención a complacer al mundo. Es el término final del degradé, aquel en que la luz, ya ennegrecida, no retiene el menor recuerdo de sí. Es muy de creer que si por ventura estos bandidos mitrados aún rezan el Oficio divino, tendrán por fuerza que mutilar aquel salmo que empieza «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam», o bien reinterpretarlo en senso opuesto al de la letra. Si cabe la analogía animal en esta fábula cruel que se han resuelto a encarnar, ese "cristianismo sin distinción de credos" que predican con infatigable insistencia se parecería al eloquio que pronuncia el zorro al pie del árbol en el que el cuervo se ha posado con su porción de queso.

Esta tragedia de la paulatina disolución de la Iglesia, y de la sociedad en ella fundada, la hemos visto expresada adecuadamente en forma de cuadro en el sitio Traditio liturgica, como el paso de las sociedades tradicionales a las transicionales y de éstas a las ateas: el primer tipo es el de aquellas sociedades en que el orden legislativo se inspira en las leyes espirituales. En ellas, quien guía a la sociedad -el rey- reconoce un cometido de alcance espiritual y es aconsejado por monjes o sacerdotes. En las sociedades del segundo tipo, vigentes en Occidente hasta hace unas pocas décadas, el ámbito civil aparece netamente separado del espiritual, que, con todo, permanece como a su lado. Si las leyes civiles ya no son directamente inspiradas por las religiosas, al menos no excluyen la realidad espiritual, ya bastante replegada al ámbito privado, a la conciencia personal. El tercer caso es aquel que nos concierne en toda su crudeza: incluso en la mentalidad religiosa ha penetrado la mentalidad secular, habiéndose evacuado el hecho espiritual para convertirlo en puro hecho humano. «La espiritualidad deviene sociología: hacer el bien material al pueblo».

Ilustran inmejorablemente este último estado de cosas algunas de las significativas afirmaciones de Francisco, jalón señero en este proceso que describíamos. «'Los hombres son superiores a los ángeles'  (homilía de Francisco en la Domus Sanctae Martae, 21/05/14) se dice, o bien recientemente: 'los monjes están lejos de los hombres; hay que estar con Cristo, que estaba entre la gente' (homilía de Francisco, ídem, 25/06/14). Esta segunda observación desciende lógicamente de la primera, pero es incluso peor, porque arranca de Cristo su identidad como maestro auténticamente espiritual (que ayuna, se aísla en el desierto, reza, se aparta con los discípulos, asciende con algunos de ellos al Tabor...) y lo extiende al nivel de uno que se mezcla y se achata en el pueblo, asumiendo sentimientos tan populares que el pueblo, siguiéndolo, en realidad se sigue a sí mismo. Cristo como prototipo del monje -como se hubiera dicho hasta hace no mucho tiempo, y como permanece claro aún hoy en el mundo cristiano oriental- es cosa absolutamente rechazada porque... ¡"lejana" al pueblo! Quien dice esto ignora la historia medieval y bizantina, y ni siquiera se halla en grado de oír las verdaderas exigencias espirituales de nobles almas entre el pueblo de hoy».

Bergoglio, cebado desde los días de su militancia juvenil en ese conglomerado de chantapufis que debió ser la Guardia de Hierro peronista (que con su homónima y heroica rumana no debió convenir sino en la homonimia), pasando por la deformación doctrinal que debieron escanciarle los ideólogos de la llamada «Teología del pueblo», ávido siempre más bien de la plaza pública que de la intimidad con Aquel que se vela tras del Tabernáculo, iba a ser el actor más acreditado para arrojar al papado a esta marcha postrera en la escala declinante. Sigue la fuente antes citada, a propósito de aquellas expresiones tomadas de sendas homilías: «tales expresiones indican claramente una orientación anti-monástica, y por lo tanto anti-espiritual, en nombre de... ¡Cristo! [...] "El pueblo no seguía a los monjes, que sentía lejanos", así afirma Bergoglio. "Los contemplativos son personas buenas, sí, pero no están en condiciones de hacer latir el corazón del pueblo". Sorprende que el Papa no sepa que los esenios, los monjes del tiempo de Cristo, no eran exactamente una élite religiosa, lejana del pueblo, ya que estaban compuestos por familias enteras, con mujeres e hijos, y la espiritualidad esenia no era de hecho impopular, al punto de atraer a no pocos. Según algún estudioso, el propio san Juan Bautista habría sido influenciado por los esenios. ¡Y todos corrían a recibir el bautismo de penitencia del Bautista! [...] Algunos padres atónitos que he escuchado recientemente tienen razón: este papa es absolutamente mediocre. Yo diría: de a ratos incluso ignorante, ya que no se puede hacer "corta y pega" de la Escritura, omitiendo cuanto no resulta cómodo. Me disgusta herir a quien le extiende aún confianza, pero me temo que Bergoglio, seguramente sin saberlo, tenga una orientación más bien anticrística». Sí: y tanto por vulgar como por antropocéntrica y lisonjera.



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